martes, 20 de mayo de 2014

24 horas y 12 minutos

Esta es la reseña de dos carreras: Las 24 horas de Hidden Vale (ciclismo de montaña) y el Mount Coot-Tha Challenge (110km de ciclismo de ruta). Los protagonistas son los mismos, pero esta vez cada uno por su cuenta.

Mi cuento de las 24 horas comienza casi un mes antes de la carrera en sí. Es que se acumulaba el drama y la incertidumbre. Sin bicicleta, sin equipo de apoyo y sin el entrenamiento necesario, todo se veía excesivamente cuesta arriba.

A un par de semanas de la carrera, en vista de tanto rollo, ya no quería competir. Mandé un correo electrónico al organizador explicándole un poco la situación y pregúntandole si había posibilidad de retirarme a estas alturas. Me dijo que lamentaba mucho que no participara y que por su parte no había problema, que tratara de solventar y si no lo lograba, pues me reembolsaba la inscripción.

Poco a poco las cosas se fueron enfilando. Gustavo, quien ya se había ofrecido antes, se reunió con nosotros y planificamos juntos cómo nos íbamos a organizar. ¡Prácticamente sacrificó su Semana Santa con su familia para unirse a esta locura! En cuanto a la bicicleta, pues no fue sino hasta el jueves (dos días antes de la carrera) que probé la nueva bicicleta que tuve que comprar a última hora (Tarkus, como el cachicamo metálico de ELP). Con el drama solventado, ya lo único que quedaba era competir. En realidad, con un preámbulo tan gris, me parecía que lo más fácil de todo iba a ser montarme en la bici desde el mediodía del sábado hasta el mediodía del domingo.

Nunca había hecho una carrera de ciclismo de 24 horas, pero no era la primera vez que hacía un evento largo. Mientras más se acercaba la carrera, mayor era la curiosidad por ver qué iba a pasar.

Gustavo, me daría cuenta a lo largo de esta aventura, no es una persona que hace las cosas a medias. Estaba mejor preparado y sabía más acerca de este tipo de carreras de lo que yo pudiera imaginar. El pana había indagado, leído y --lo más clave del asunto-- entendido a plenitud el evento y venía dispuesto a dar lo mejor de sí. Mayde, por otra parte, me conoce mejor que nadie y, como atleta, sabe bien por lo que yo pudiera estar pasando y qué pudiera estar necesitando. Bárbara y Oscar pasarían antes del amanecer del domingo para prestar un valioso apoyo ya avanzada la carrera.

A las 12 del mediodía arrancaban las 24 Horas. Inicialmente, la ruta me pareció durísima, el calor insoportable y la bicicleta nueva incómoda. Sabía que algo no estaba bien. Hasta en las partes menos complicadas sentía que iba incómodo. Termino un par de vueltas más y sigo sin entender por qué me siento tan mal. Peor aún, por el calor, me estaban dando calambres en las pantorrillas. Llego a la zona de transición y simplemente le digo a Maydelene que no me estaba divirtiendo. Todavía era de día y ya estaba en mal estado anímico y físico.


(Con Tracy, ganadora de su categoría en las 24 horas)

Se hace de noche y luego de una parada un poco larga para cenar e instalar las luces, decidimos ir donde el mecánico de la carrera. Yo sabía que el terreno era difícil pero sentía que la bicicleta no me respondía. Revisan la suspensión delantera. ¡Resulta que estaba en 115 libras de presión, cuando lo que me corresponde por mi peso era aproximadamente 75 libras!

El cambio fue del cielo a la tierra. Llevaba como unas 9 horas de carrera y me dolía de todo, pero el cambio anímico fue total. Comencé a disfrutar estar prácticamente solo en el recorrido. Los competidores estábamos todos distanciados y algunos se habían acostado a dormir o hacían paradas más largas. En un momento alucinante, veo como un kanguro brinca a mi costado un rato, luego acelera, cruza justo en frente de mí y sigue brincando por el otro lado de la ruta.

Me acordé de algo que había leído o escuchado en algún momento: "Hay que hacer las paces con el dolor". Me daba cuenta que no iba a sentir menos dolor, pero algo me decía que tampoco mi condición iba a empeorar. Tal vez mis vueltas nocturas fueron más lentas, pero fueron los momentos más estables anímicamente de la prueba. Cada vez que pasaba por el campamento, Mayde y Gustavo se ponían de pie, me daban comida o electrolitos, revisaban la bici y me despachaban rápido. Y, cada vez que estaba en los puntos más distantes de la ruta, me entusiasmaba por avanzar para pronto poder compartir con ellos un par de minutos.

Hubo luna llena toda la noche pero, de repente, desapareció. Hizo un poco más de frío. Creo que bajé el paso un poco. Luego ocurrió un episodio que no estoy seguro si lo soñé o si realmente sucedió: me bajé de la bicicleta en la parte plana y comencé a caminar sin motivo alguno. Todavía no sé si en realidad pasó o no. ¿Será que me quedé dormido un par de segundos y lo soñé? Ni idea.

Seguí en esa misma vuelta, pero me molestaba que la luz ubicada en el casco y la que llevaba en el manubrio se cruzaran y perdía el enfoque en la ruta y hasta me mareaba. Sentí que me ponía visco momentáneamente. Mi ritmo se deterioraba. Así que decidí parar. Eran las 5:40 a.m.; ya tenía casi 18 horas en carrera. Llegué al campamento y le pedí al team que me despertara a las 6 a.m. o tan pronto vieran que saliera el sol y me lancé en una camilla que teníamos en el campamento. Tal habrá sido mi estado que le pasé por un costado a Bárbara y Oscar, quienes habían venido para apoyarnos, y ni los vi.

¡Fueron los quince minutos más valiosos de la carrera! Me levantaron y justo comí, tomé café y salí muy motivado. La parada cuadró perfectamente porque me acosté a oscuras y me levanté con los primeros rayos de luz. Es cómico cómo se pierde la perspectiva, pero estaba contento porque faltaba "poco" (unas 6 horas más). En algún momento de esa vuelta, será por el cansancio o la falta de calorías, me emocioné mucho; estaba feliz por lo que estaba haciendo, contento de vivir en un país en el que hacer este tipo de locura no es cosa de otro mundo y agradecido por tener a gente tan valiosa sacrificando  una noche sin dormir por un capricho mío.

Llego a hacer una de mis últimas vueltas y me dicen que estaba peleando el quinto lugar en mi categoría. Hasta ese momento, nunca habíamos hablado de puestos. Mi meta era hacer 12 ó 13 vueltas y ver si podía tal vez infiltrarme entre los primeros 10 de los 16 inscritos en mi categoría.

¡Al fin, terminé haciendo 16 vueltas (259 kilómetros) y quedando en el tercer lugar de mi categoría (12 en la general)! Fue una gigantesca sorpresa y, definitivamente, no hubiera sido posible sin un magnifico equipo de apoyo. Muchas gracias a Mayde, Tracy, Bárbara, Oscar y Gustavo por compartir conmigo esta gran aventura.


Un par de semanas más tarde, le tocaba a Mayde competir. Iba a participar en un evento de ciclismo de ruta de 110 km, pero en la cual sólo 2,2 km constituirá la carrera como tal. Es decir, rodaban socialmente toda la distancia pero sólamente cronometraban la escalada a Mount Coot-Tha, una corta pero empinada e icónica cuesta.

Era la semana de la bicicleta en el estado de Queensland y se había organizado todo tipo de evento para celebrarla, desde seminarios sobre técnica en montañera y ruta, presentación de películas, rodadas organizadas, carreras de ciclocross hasta foros para promover el ciclismo como medio de transporte y diversión familiar. El lema era: "Eat. Sleep. Ride. Repeat."


(Mayde y Tracy en el Mt Coot-Tha Challenge)

El gran cierre justamente era el Mt Coot-Tha Challenge en el que participaba Mayde. La acompañé hasta la salida, en la que se juntó con varios de nuestros compañeros de rueda entre semana, entre los cuales estaba la admirable e incansable Tracy...¡Sí, la misma que había ganado su categoría en las 24 horas dos fines de semana antes! Me cuenta Mayde que la rodada estuvo bien organizada y que hasta hubo varias paradas. De hecho, hasta les tocó montarse en una especie de ferry para cruzar el río.

En cuanto a la subida, le fue de maravilla (12:01 minutos). ¡Pudo mejorar su tiempo en casi 30 segundos y, para sorpresa de todos, ubicarse en el tercer lugar de su categoría! Un gran logro que me llena de orgullo.


(Esperando el Ferry en pleno evento)

Luego de estas dos tremendas satisfacciones caímos enfermos los dos. Nada grave, sólo los pestones típicos que a veces vienen con el cambio de temporada. Ahora recuperados, no tenemos ningún otro reto deportivo a corto plazo pero sí una nueva aventura.

Desde hace años, cuando nos planteamos rehacer nuestras vidas fuera de Venezuela, lo hicimos con ciertas metas en mente. Varias se han distorsionado y otras se han reajustado, mientras que algunas están más claras que nunca. Si bien los cronometros de nuestras respectivas carreras se detuvieron, el mío a las 24 horas y el de Mayde a los 12 minutos, el tiempo para concretar nuestros planes extradeportivos sigue transcurriendo, estemos listos o no, se den las condiciones ideales o no.

Félix 

miércoles, 30 de abril de 2014

8 1/2

"La vida puede ser una comedia o una tragedia. Todo depende de cómo la veas". Woody Allen, Melinda y Melinda.

Nunca tuve la capacidad de análisis como para ser un indiscutible conocedor del buen cine. Por ello, tengo una relación de amor y odio con las películas de Fellini. Algunas me parecen las más geniales que existieren y otras no logran mantenerme interesado por mucho tiempo. Culpa de mis propias limitaciones, sin duda.

En fin, llegué a Fellini por mi afición a las películas de Woody Allen. En ambos directores/guionistas ciertos temas suelen repetirse y, si bien se puede decir que el italiano precede al estadounidense, me quedo con éste último. Qué se diga lo que fuere, sea cierto o no, sobre su vida personal, Woody es un verdadero genio. Hasta de sus peores películas, como la que incluye la cita que abre esta entrada, queda algo.


Del "8 1/2" de Fellini, no obstante, me quedo fascinado con la facilidad en la que se confunde la realidad con la fantasía. Pero, sin duda alguna, lo que más me impresionó de esa película fue la genialidad del director italiano en crear una obra cuyo tema central era la incapacidad del protagonista, irónicamente un director de cine, en justamente sacar adelante una película ante un vacío emocional y creativo. Era precisamente lo que se le criticaba al mismo Fellini en esa época y, pues, respondió con magna obra maestra sobre la limitación que sus críticos le achacaban. 

Así, entonces, con perspectiva cuyo enfoque continuamente se ajusta y desajusta, seguimos Mayde y yo en esta aventura de acoplarnos a una nueva vida en un nuevo país. Ha pasado ya un año y, entre fantasía (las metas trazadas inicialmente) y realidad (los pocos logros momentáneamente alcanzados), llegaron las fechas de nuestras respectivas carreras deportivas, las primeras de 2014.

8...

Llegábamos tarde, justo acabándose la luz natural. Me bajo del carro y apresuradamente busco la bici. Mientras tanto, un equipo de apoyo de lujo (dos ingenieros y un arquitecto) fusiona sus neuronas para garantizar que mi campamento y demás asuntos pre-carrera estén al punto.

A mitad del camino me quedo sin luz. Es que salí con prisa, pero mal preparado, a hacer una vuelta de reconocimiento del circuito y sólo llevé la luz de repuesto y no la principal. Espero que pase otro corredor y me le pego atrás para tratar de aprovechar sus luces. El pana, mucho más talentoso que yo, lleva un paso fenomenal. Logro aguantar un poco pero iba al margen de mi ritmo. Lo último que quería era fundirme antes de la carrera. El evento, llamado LunarC, era una carrera nocturna de ciclismo de montaña. Comenzaría a las 10 p.m. y terminaría a las 6 a.m. Había que hacer la mayor cantidad de vueltas a un variado y exigente circuito de 10 kilómetros durante 8 horas.

Finalmente, llego al campamento base, tomo una buena cena y ahí mismo me acuesto a dormir un par de horas. Mayde, Jen y Alex han hecho un gran trabajo en tener todo listo mientras yo daba golpes por ahí en esa vuelta de reconocimiento.

Se dan las 10 p.m. y finalmente arranca la carrera. Me ubico más o menos a mitad del grupo, pero el paso es rápido y el camino cerrado. Por más medido que quería ir, siempre tenía a alguien atrás, esperando pasar y terminaba yendo un poco más forzado de lo que quería.

Las primeras vueltas pasan rápido. Nunca había hecho un circuito tan fuerte en una carrera larga. Finalmente, en la tercera vuelta, comencé a bajar la guardia. Tres caídas tontas y una vuelta más lenta que las dos previas. Resulta que no estaba usando mis luces a plenitud y la suspensión trasera de mi vieja Specialized había perdido el aire totalmente.

Como a las 4,5 horas, me paro a comer, reponer el aire de la suspensión y cambiar las pilas de las linternas. El equipo de apoyo estuvo perfecto y, tal cual como en una parada de pits de Fórmula Uno, salí recargado a seguir en la ruta. Las sensaciones eran buenas y el ritmo constante.

A pocas horas de terminar el evento, saco cuentas y veo que no voy a lograr hacer una vuelta más por falta de tiempo. Tenía que llegar unos minutos antes y la falta de condiciones y el cansancio acumulado no iban a permitir que los recuperara.

Llego a hacer lo que sería mi última vuelta. Como algo, recargo el aire de la suspensión nuevamente, dejo las luces y me pongo mi maillot de Venezuela. Lo que estaba haciendo yo no era ninguna hazaña. En cambio, en Venezuela, la gente luchaba por salir de una pesadilla aparentemente sin fin. Eso sí es resistencia y eso sí es coraje. Crucé la meta con ello en mente.

Terminé contento, sin mucha energía pero entero. Logré un totalmente inesperado séptimo lugar en mi categoría y once vueltas en un circuito bastante exigente. Todo resultó en un gran aprendizaje que será súper útil. No me imagino, sin embargo, hacer el triple de la distancia, pero justamente ése será el próximo reto: las 24 horas de Hidden Vale.



...y medio.


Una semana después de mi carrera, Mayde volvía a las competencias después de lo pasado a finales del año anterior. En esta oportunidad correría 21,1 km. Era otra carrera bastante peculiar. Al contrario de la mía, ésta comenzaba de día pero terminaba de noche. Salían de la Universidad de Queensland, cruzaban el río un par de veces, les caía el atardecer y terminaban en la pista.

Mayde entrenó sin presión los meses previos. La idea de hacer esta carrera era simplemente tener algún evento que la mantuviera entrenando pero que no fuera algo demasiado importante ni estresante. Así que se preparó diligentemente, pero sin bombos ni platillos. Había todavía mucha incertidumbre sobre cómo reaccionaría su cuerpo.

Obviamente, no queríamos que se repitiera lo de su última carrera, en la que terminó en el hospital durante 5 días. El plan era que mantuviera su mejor paso pero que no llegara a sus límites porque todavía su condición cardiaca, si es que la tiene, sigue sin diagnóstico y ella continúa con un incómodo implante incrustado en el pecho (monitor interno).

Oscar, Gustavo y Mayde se alinearon cerca del área de partida. Eran tres venezolanos: Para el primero sería una nueva oportunidad de hacer la primera carrera que corrió al llegar a Australia y un paso más en su preparación para el maratón; para el segundo sería su primera vez en esa distancia; y para Mayde era una gran incertidumbre.

Pude verlos a los tres tanto en la ruta como en la llegada y, me atrevo a hablar por ellos, todos cumplieron sus metas.

Mayde me cuenta que se sentía muy bien e iba a un paso mejor del previsto. Pero por ahí por el kilómetro 12 ó 13, sintió un poquito de presión en el pecho y bajó el paso. Pudo haber sido algo mental o físico, no se sabe. El caso es que como en el kilómetro 17 ó 18 retomó el ritmo y terminó su carrera en buena forma.

¡Al final de cuentas bajaría casi 5 minutos de su mejor marca en esa distancia!  El cuerpo y la mente están donde deben estar y, yo, enormemente afortunado de compartir con ella todas estas aventuras.

"No hay final. No hay principio. Es sólo la infinita pasión de la vida". Federico Fellini.

La vida no suele ser como la pintan en el cine, obviamente. Pero es uno el que decide cómo la ve: tragedia o comedia, o un poquito de ambas. Seguimos buscando un mejor futuro, tambaleamos aquí y allá, a veces vemos la fantasía un poco lejos de nuestro alcance y muchas veces la realidad resulta siendo mucho mejor que lo soñado, pero a todas estas no dejamos de hacer las cosas que nos apasionan. En esta oportunidad, fueron 8 horas de MTB y 1/2 maratón.

Félix 

martes, 14 de enero de 2014

La elasticidad del corazón

"The heart is a very, very resilient little muscle." Woody Allen, Hannah y sus hermanas.

Absurdo. Imposible. Inconcebible. Incomprensible.

Mayde pasaba su quinto día internada en la unidad de cardiología. Finalmente, le darían de alta, pero sin diagnóstico ni respuestas concretas.

¿Por qué? ¿Cómo? ¿Y ahora qué? Nos íbamos a casa llenos de preguntas.

Parecía ya una eternidad, pero apenas unos días antes salimos a participar en otra carrera. En las semanas previas habíamos hecho la ruta de esa prueba unas 4 veces, 3 veces juntos y una vez cada quien por su cuenta. A pesar de ser un recorrido en asfalto, nos sentaba muy bien: una gran subida hasta la cima de Mt Coot-Tha y luego un largo y empinado descenso de aproximadamente 3 kilómetros. En los entrenamientos, ambos subimos bien, tal vez yo llevaba una leve ventaja, cosa rara realmente, pero en la bajada tenía que acelerar al máximo para poder seguirle el paso a Mayde.

El día de la prueba, conversábamos sobre estrategias. Yo le comenté a Mayde que al terminar la primera subida, iba a apretar un poco el paso hasta la subida principal y de ahí ver cómo iban las sensaciones. Ella quedó en que iba a hacer su propia carrera, que por lo general significa que en algún momento, avanzada la prueba, me iba a alcanzar.

Nos ubicamos mal en la línea de salida y tuvimos que zigzaguear para poder pasar a muchos que caminaban en esa primera subida. Una vez arriba, como planificamos, me adelanté a un buen paso. En la subida principal me sentí fuerte y bajé significativamente mis tiempos de entrenamiento. Un último empujón hasta el kilómetro 7 y luego para abajo. Iba bien, pero no descartaba que en la larga bajada Mayde me llegara. Si eso pasaba, pues cruzaríamos la meta juntos, como en tantas oportunidades previas. Después de un rato, dejé de esperarla y me concentré en pasar a los que tenía adelante. Así fue y mejoré el tiempo de entrenamiento en casi 5 minutos.

Mayde no me alcanzó en la bajada. Seguramente, tuve un buen día y ella uno promedio, pensé. Sin embargo, tenía certeza de que ella no tardaría. Pasaron un par de minutos y nada. Pasó el tiempo que hicimos en entrenamiento y nada. No sabía qué hacer. Algo andaba mal. La gente llegaba en masa y nada que venía Mayde. No quería desesperarme, pero estaba preocupado.

No pregunté a la organización porque todavía venía gente bajando de la montaña. Me acordé que, al inscribirnos en la prueba, nos pusimos mutuamente como contacto de emergencia pero ninguno cargaba el teléfono consigo. Me fui corriendo a la casa (a tan sólo 1,5 kilómetros de la llegada de la carrera) para buscar el móvil. Una vez en casa, me llama Óscar, un amigo venezolano, cómplice en esto de hacer carreras. Me dice: "Chamo, vente para acá que Mayde no está bien". Inmediatamente, me la pone y con un tono bastante inusual ella me dice, "Me siento rara. Esto no es normal. Estoy asustada".

Corrí nuevamente hacia el sitio del evento. No quería pensar; sólo corría, incrédulo. La mayoría de la gente se había ido. Sólo quedaban 2 ambulancias. En una de ellas estaba Mayde, pálida y con los labios morados. Hemos pasado por muchas aventuras, carreras de varios días, ultramaratones, etc. Hemos llegado a nuestros límites de fatiga antes, pero nunca la había visto así. El recorrido era duro, sin duda, pero era una carrera corta y estábamos en relativamente buenas condiciones, además de haber hecho la ruta unas 4 veces antes. Me senté en frente y arrancamos en la ambulancia, mientras la paramédico me contaba lo que sabía: Mayde se había desmayado. Al volver en sí, no podía ni decir su nombre.

Llegamos al hospital y la llevaron directamente a emergencias. Ahí estuvo un rato mientras le hacían algunas pruebas. Pudimos conversar un poco y ella volvía a sonreír y trataba de reconstruir los hechos. Cuando se calmó la situación, salí a conversar con Óscar, quien nos brindó un gran apoyo en toda esta situación. Además él, por experiencia propia, sabe cómo manejarse ante este tipo de eventos.

Hablamos unos minutos y luego entré nuevamente a emergencias. ¡Otra vez, todo se volvió un caos! Enfermeras corriendo de un lado para otro. Cuando apenas me pude asomar, vi a Mayde conectada al oxígeno y con la mirada perdida. Me dicen que nos vamos directamente a cardiología porque Mayde tiene dolores agudos de pecho. En el ascensor, había un silencio de esos aterradores. Apenas se abren las puertas, Mayde comienza a vomitar. ¿Qué es esto? No entiendo nada. Hace un par de minutos nos estábamos riendo, de lo más normal.

De esa misma habitación compartida, no se movería durante los próximos 5 días. En las pruebas de sangre, aparecía una enzima elevada, que es consistente con daño cardiovascular. Aunque Mayde estaba en sus sentidos y, después de un rato, lucía recuperada, optaron por internarla para poder practicarle todas las pruebas in situ, en vez de traerla como paciente ambulatorio. Por ser la salud pública en este país, a veces las esperas en calidad de paciente externo suelen ser largas.

Yo no comprendía mucho y me costaba atar cabos. Yo pensaba que tal vez pudiera ser deshidratación, golpe de calor, fatiga acumulada, etc., a pesar de ser una carrera que (sin ánimos de pedantería) no era gran cosa para todo lo que hemos hecho deportivamente en el pasado. No tenía sentido. Mucho menos que algo le pudiera pasar a ella. En serio, si hay alguien que sufre más en las carreras, suelo ser yo. Pero la doctora insistía en llevar los estudios a fondo y bastó una sola frase para convencernos a ambos: "Alguien con sus condiciones físicas que presente este tipo de cuadro pudiera estar en riesgo de muerte súbita."

A partir de ese momento, nuestra actitud cambió. Le hicieron pruebas de contrastes, angiografías, electrocardiogramas, pruebas de esfuerzo, etc. Hasta le hicieron una prueba, cuyo nombre se me escapa, en la que artificialmente le causaban una arritmia, con alguna especie de agente tóxico, en un ambiente controlado para ver cómo reaccionaba su corazón. Imagínate que te digan: "Bueno, ahora te envenenamos un rato para ver si el relojito aguanta y, cualquier cosa, aquí hay un tipo que te trae de vuelta del más allá con un par de descargas eléctricas si hace falta". Ella, valiente, aguantó todo. Yo pasaba mañanas y tardes con ella, pero en las noches me tocaba irme a casa. El único pensamiento que me ayudó para que no fueran peores las noches fue el saber que pronto le iban a dar de alta y que, aparentemente, estaba fuera de riesgo.

Descartaron de todo. Desde condiciones específicas que presentan los deportistas hasta posibles enfermedades congénitas. Finalmente, la decisión fue colocarle un monitor cardiaco subcutáneo, es decir, un implante del tamaño de una memoria de USB que va a registrar durante 3 años el comportamiento de su corazón. Cada 27 días se renueva la memoria del aparato, al cual afectuosamente bautizamos "la cajita negra", y no se le da seguimiento, salvo que ella sufra otro síncope. En ese caso, al volver en sí, ella debe pulsar un botón en el activador (otro aparato, esta vez afortunadamente externo) que debe cargar consigo en todo momento. De ahí, habría que ir a cardiología nuevamente para que descifren qué le pasó y esa lectura les ayude a llegar a un diagnóstico. No es preventivo, ya que aunque va internamente no está conectado a nada.

Salió del hospital y pasó una semana antes de que le colocaran el implante. Corrimos por el sitio donde se desmayó. Apenas le faltaban 3 kilómetros de bajada. Ella se acuerda que venía viendo a un par de chicas ya al final de la subida. Pensó en alcanzarlas antes de la bajada, pero luego optó por seguir a su ritmo y tratar de "agarrarlas en la bajadita". Iba a un paso controlado. Eso fue lo último que se recuerda. A los pocos días, contacté al corredor que la asistió inicialmente, pues ella se acordaba de su número de dorsal. Me cuenta que Mayde iba bien y de repente se comenzó a ir de lado, se torció el tobillo y, posiblemente golpeó la cabeza (nunca se le detectó golpe en la cabeza pero sí tenía el tobillo inflamado). Se paró y dijo que estaba bien, pero luego se volvió a "ir". Le ofrecí a Sean tomarnos unas cervezas y brindarle la inscripción para su próxima carrera, pero amablemente declinó y me dijo que "Es la forma australiana de ser, hacer lo correcto y ayudar a los demás". Le agradecí enormemente.

Finalmente, llegó el día en el que le pondrían el implante a Mayde. Iba a ser una operación ambulatoria y se quedaría el resto del día en observación. De ahí, en un par de semanas podía retomar sus actividades como si nada. La doctora sabía que el deporte era parte de su vida e hizo mucho énfasis en que le colocaría el aparato en el lugar que menos le estorbara y que debía volver a su rutina gradualmente.

Entró entonces al quirófano. Era cara conocida en el departamento. Me imagino que en cardiología no suelen ver a muchas personas jóvenes o por lo menos no muchas que practiquen deportes de resistencia. La trataron muy bien. De hecho, cuando ya van a comenzar la operación, le preguntan si quiere escuchar música. Les dice que sí y les pide AC/DC. En una escena un tanto surrealista, Mayde oye como suena un acorde estridente, seguido por la batería y comienza el coro "Oi, oi, oi, oi" y ve como se mueven las cabezas del personal médico uniformado en unísono con T.N.T de la mítica banda Aussie…"See me ride out of the sunset…" ¡Sólo en Australia!

La doctora nos afirmaba que tal vez su episodio fue algo fortuito, una serie de circunstancias que se juntaron inesperadamente y causaron el síncope, y que bien no pudiera volver a repetirse, pero lo mejor era darle el seguimiento necesario, especialmente por el hecho de que no se pudo llegar a un diagnóstico final.

Hoy, aproximadamente 2 meses después, finalmente tengo la tranquilidad para sentarme a escribir sobre esto sin tener un nudo en la garganta (bueno, por lo menos no un nudo tan grande como antes). Mayde ya ha vuelto a sus actividades, con el buen ánimo que le caracteriza. Su espíritu no flaquea. Yo sólo quedo como espectador, cada día más feliz de tenerla en mi vida y cada día con más energías para seguir concretando nuestros planes aquí en nuestro nuevo destino.

Lamento no haber podido mantener mejor al tanto a toda la familia y amigos en Venezuela, España, Perú, Estados Unidos, Argentina, Aruba y todos los lugares donde se encuentran nuestros seres queridos. Fueron momentos tensos y, tal vez, yo no sea tan fuerte como trato de aparentar. Le doy gracias inmensurables a las personas que nos han apoyado acá (si leen esto, pues ustedes saben bien quiénes son y de nosotros sólo pueden esperar el mismo apoyo y cariño).

Como comencé esta entrada con una cita célebre, la terminaré con otra: "La vida es como andar en bicicleta: Para mantener el equilibrio, hay que seguir en movimiento" Albert Einstein. 

Pues, seguimos en movimiento, juntos.

Félix

viernes, 6 de septiembre de 2013

Happiness by the Kilometre (Maratón de Brisbane).

A veces cumplir con una meta puede resultar en un anticlímax. Pues, sí, después de tantos años de larga espera, llegamos a Australia. Y, bueno, aquí estamos y, por elección o convicción, aquí nos quedamos. Sin embargo, tal vez expectativas excesivamente altas, una transición que se está tornando demasiado larga o hasta un contexto bastante distinto a aquel en el que solemos desenvolvernos, han hecho que el tan esperado cambio no sea ni remotamente parecido al cambio que tanto teníamos previsto. No es del todo sorpresa que las cosas no salgan como esperamos pero nunca se puede dejar de ser optimista por más ingenuo que parezca serlo en determinada situación

Me recuerda un poco de una canción que se titulaba en inglés algo así como Felicidad en Kilovatios. Sin llegar al grado de pesimismo que abruma esa pieza, ni lamentarse por la situación en la que nosotros mismos nos hemos puesto, estamos comenzando una nueva etapa de nuestras vidas y tengo la certeza que ya pronto dejará de sentirse como una eterna transición. Pero como dice esa canción: "...con las cortinas adecuadas, la pintura adecuada y en el marco adecuado, tal vez esto pudiera realmente funcionar". 

En todo caso, el futuro se lo forja uno mismo y si algo creo que medianamente me ha quedado de las carreras de largo aliento es que de los bajones se aprende y, luego, se logra disfrutar mejor de hasta los más ínfimos logros. Creo que sin algunos declives, los altos no se llegan a valorar tanto. ¿Será que estamos agarrando impulso?

Mayde me dio un sacudón y me dijo que si no íbamos a entrenar para algún evento mientras nos instalábamos, pues que ella iba a hacer el Maratón de Brisbane. Yo ya le había comentado que no quería volver a correr en asfalto por un buen tiempo. Pero ella, la lógica y sensata de este par, optó por ignorarme y comenzó a entrenar y, yo, a regañadientes, pues la seguí. 

De repente, todo comenzó a tener sentido. Corríamos por una nueva ciudad y la conocíamos. Su vegetación, su río, sus puentes. Descubríamos un poquito de su carácter. Es ambiciosa pero al mismo tiempo le da como pena reclamar su lugar ante sus hermanas mayores. Es un pueblo con aspiraciones de ciudad grande y cualidades inmensas, pero conserva su humildad. Se tropieza con su propia historia pero da la sensación de que lo mejor debe de estar por venir.

Así, poco a poco, nos identificamos con ella. Los flamboyanes que tanto extrañábamos de Venezuela (sin dejar de pensar en el dicho/símil oriental de que la mujer es "como el flamboyán, después de que florece, echa vaina".) Su clima tropical. Aves parecidas a las nuestras mas no iguales (como la ibis de acá que nos parecía "descolorida").  La risa de la Kookaburra (¿Será que algún día dejará de infantilmente causarme gracia su nombre?). Nos dimos cuenta de que no se logra apreciar un sitio del todo hasta que se deja de comparar con otros lugares y se valora por sus propios rasgos.

Cada  entrenamiento largo que hicimos constituyó una pequeña aventura, un leve descubrimiento. Y si bien nos salía patear el asfalto, pues en toda oportunidad algún aprendizaje quedó. Al fin de todo esto, resultó ser el mejor entrenamiento que hemos hecho para un maratón. A lo largo de esas 16 semanas de entrenamiento, Mayde llegó a hacer sus mejores tiempos en 5k, 10k y media maratón. Entrenamos fuerte y vaya que iba a ser necesario.

Nos enteramos que muchos corredores locales optan por hacer los maratones de Gold Coast o Sunshine Coast, en fechas cercanas, por ser estos más populares y en rutas menos quebradas. La ruta de éste pasaba por el histórico Story Bridge, al igual que otros dos puentes. ¡Es más, uno de ellos lo cruzaríamos dos veces! 


Salimos juntos, pero sin tener la intención de correr la carrera al mismo ritmo. De los 4 maratones previos que hemos hecho juntos, en 3 de ellos Mayde me ha dejado atrás y estoy comenzando a creer que en el único que he llegado antes que ella, me dejó pasar para no desinflar mi ego.

A los pocos kilómetros miraba cómo Mayde se alejaba. Nos emparejamos al pasar el primer puente y de ahí seguimos juntos. Cuando corro un maratón siempre me enfoco en que nada debe doler durante la primera mitad; me concentro en que la carrera comienza en los 21k y que a partir del kilómetro 30 es que la cosa se pone buena.  En este caso, lo planeado no valió nada.


¡Era el kilómetro 8 y ya tenía los quadriceps fritos! No decía nada porque veía a Mayde muy bien y no quería desanimarla con mis quejas. A pesar de las molestias, el paso se mantenía constante.

Como en el km 17, los competidores de la media maratón nos comienzan a pasar. Fue un buen ejercicio de autocontrol no aumentar el paso con ellos. Pasamos a pocos metros de la meta, pero justo ahí comenzaba la segunda vuelta para nosotros mientras que ellos terminaban.

Al cruzar el tercer puente, Mayde me dice que las piernas no le dan. ¡Y yo que tenía desde hace rato ganas de comenzar a quejarme! Conversamos un poco pero el paso seguía inexplicablemente igual. Yo juraba que en algún momento ella se iba a ir adelante o simplemente yo me iba a comenzar a quedar. ¡Luego, me confesaría que ella también estaba pensando lo mismo de mí!

Del km 25 hasta el km 35, bajamos el paso unos 5 a 10 segundos por kilómetro, nada grave en vista de las circunstancias. Al cruzar el puente final, oía a Mayde quejarse en la bajada. Ambos teníamos los quadriceps como bloques. Llegamos al retorno y prácticamente quedaba una recta de 3 kms, una subida de casi mil metros de largo y una vuelta de 1200 metros por el jardín botánico hasta la meta.





La adrenalina fluyó, las endorfinas se alborotaron y dejamos el resto. A pesar de todo el cansancio y la quejadera de ambos, fueron nuestros kilómetros más rápidos (o menos lentos) de toda la carrera. Mayde saca su bandera de Venezuela y nos acercamos a un arco desinflado, literalmente. A pesar de todo ello, no hubo anticlimax. Fue un gran momento para ambos. Algo que siempre recordaremos y valoraremos.


Cruzamos la meta juntos, sin así planificarlo y sin ninguno poder haber ido un paso más rápido que el otro. Me vino a la mente la cita de Greg Lemond que dice que "No se hace más fácil, sino simplemente vas más rápido". Nuevamente, por más ultramaratones que haya corrido, le debo mis respetos a la cruel distancia del maratón y al inclemente asfalto. Al fin de cuentas, fue una meta cumplida, nuestros mejores tiempos en la distancia y nuestro pequeño tributo a la ciudad que por los momentos nos esforzamos por llamar nuestro hogar. 


La carrera para nosotros sigue y ahora es una de adaptación, crecimiento y continuo aprendizaje. Afortunadamente, tenemos lo más importante: felicidad y muchos más kilómetros por recorrer juntos.

Félix

P.D. Una versión "light" de Happiness by the Kilowatt.


So this is continuous happiness?
You know, I always imagined it something more
With the right drapes, the right paint, the right frames, 
This could really work
What a great day to spend indoors

So wake, wake up, wake, wake up

Where has all the day gone? 
And why are my lungs aching when I breathe?
Is there something wrong with the heat? Why am I so cold?
    My heart feels sick, and it hurts when I speak

So wake, wake up, wake, wake up

Was this what we hoped for?
Was this what we hoped for?

martes, 2 de julio de 2013

Coast to Coast 2013 (segundo día)


Voy a retomar este cuento antes de que se me olviden los detalles. ¡Ya no son quince primaveras, sino 40! Y, esta carrera era la forma de celebrar esas cuatro décadas o, por lo menos, ésa era la excusa. Además era una forma muy especial de despedirme de Nueva Zelanda, un sitio que rápidamente se sintió como nuestro hogar y que jamás olvidaré.

Nos dirigíamos al campamento base, luego de un primer día (3k carrera, 55k bici, 33k montaña) lleno de sorpresas, las cuales incluyen haber ido mejor de lo esperado en la bici y haber sufrido un poco más de lo previsto en la etapa de montaña. El balance, no obstante, es totalmente positivo ya que esto para mí tenía un significado más allá de lo deportivo. 

Jack, el amigo que me hacía de apoyo, y yo fuimos donde nos esperaba Ferg (pues, nada más que Ian Ferguson) y su esposa, a quienes les había alquilado un kayac idéntico al mío para la carrera.  Como comentaba en el cuento anterior, mi kayac y su indumentaria había ya salido en container hacia  Australia, a donde nos mudaríamos un mes después.

Conversamos un poco; qué honor que un 5 veces medallista olímpico (4 de oro) le diera consejos a un novatón que posiblemente iba a pasar una buena parte del recorrido bajo el agua y no sobre el bote. Revisamos el material y me dijo que escogiera un casco. La esposa, no sé si era por mi cara de asustado o por las veinte mil preguntas que yo le hice a Ferg, me dijo: "Todo va a salir bien; elegiste el casco de nuestro hijo". Bonito gesto. 

En fin, regresamos con las chicas, cenamos y aparté todo lo que necesitaría para la mañana siguiente. Repasamos la rutina, tanto la del equipo de apoyo como la mía. Las etapas en este segundo día serían 15 km de ciclismo de ruta, 67 km de kayac y 70 km otra vez en la bici.  La logística era la siguiente: el equipo de apoyo levantaba campamento (salvo por mi carpa y saco de dormir) y se iba a las 5 am a  hacer el chequeo de los kayacs y agarrar un puesto cerca del río donde sería la transición kayac-bici.

La noche pasó sin novedades, salvo por los repetidos ataques de los kea, la cotorra alpina endémica de Nueva Zelanda. Todo aquello que quedó fuera de la carpa fue objeto de abuso de estos loros que llegan a medir medio metro y pesar hasta un kilo. 



Su nombre es una cuestión onomatopéyica. Pues, así es su canto. Sin embargo, los locales dicen que más bien suena como "caos" y, aunque es una preciosa ave en vuelo y a la vista, esa noche hizo lo suyo. La mañana siguiente había prendas de competidores rasgadas, indumentaria desaparecida y basura regada por todos lados. 

Despertamos y cada quien fue directo a lo suyo. Jack, Bridget y Mayde se trasladaron a la zona de transición del kayac para hacer la revisión obligatoria de material. Yo me uniformé y me metí de vuelta a la carpa. La carrera saldría en unas 3 horas así que desayuné bien y me acosté a dormir otra vez. Estaba realmente feliz; no podía creer que se estaba cumpliendo un sueño y todo estaba marchando tan bien. No obstante, trataba de no sentirme demasiado satisfecho y confiado porque apenas estaba a mitad de camino y lo más incierto estaba por venir.

Al rato me dio algo de frío y pensé en qué más podía ponerme encima. Ya se habían llevado todo menos la bici. Dentro de la carpa, tenía el sleeping y vestía el uniforme...tal vez me pongo el peto de la carrera. El peto tiene el número del competidor por delante y por detrás y obviamente la publicidad de Speight's, la cerveza que patrocina esta carrera. También indica si vas en equipo o eres individual y si estás participando en la carrera de un día o la de dós. Tal vez no abrigue mucho, pero es una capa más. Además, es material obligatorio.

"¡Keas de mierda!" fue lo primero que me vino a la cabeza. No aparecía. Busqué por todos lados. ¿Y ahora? Paré a unos 3 ó 4 carros que iban saliendo del campamento base. Les pedí que ubicaran a mi equipo de apoyo. No tenía cómo comunicarme con ellos. No había recepción telefónica y, una vez en el río, no podían salir porque hay una sola vía de tránsito hacia donde yo estaba. 

Me fui directo al sitio de salida de este segundo día de competencia. Hablé con el encargado de esa área y me dijo que no podía salir así porque el peto, como dije antes, era material obligatorio. Luego, confirmó por radio, y me dijo que podía hacer la etapa de bici pero si no aparecía el peto, con plena certeza no iba poder entrar al agua. 

Di vueltas y vueltas, pasé frío caminando como loco de un lado a otro. Hasta que finalmente, resignado, me dispuse a recoger la carpa. Ya sólo faltaban 30 minutos para la salida. Iba a salir así, ni modo. 

No he sacado la primera estaca de la carpa cuando llega un carro a la distancia, a toda velocidad y levantando polvo por todos lados. Conforme se acerca veo que es un carro de la organización y ¡viene directamente hacia mí! 

Se baja Jack, posiblemente con la misma cara de estresado que yo. Al momento, compaginados, soltamos la carcajada y nos abrazamos. Resulta que llegaron de primeros al río para el escrutinio de material. Allá estaban con el oficial de carrera: "Casco aprobado por la autoridad náutica..." (sí), "kayac" (sí), "cubrebañeras" (sí)", "primeros auxilios" (sí), "ropa térmica" (sí)... "¿Peto?"..."¿Qué carajo hace el peto aquí?". Al darse cuenta, incomunicados conmigo e imposibilitados de moverse por las circunstancias que indiqué antes, terminaron el escrutinio obligatorio y deben de haber fastidiado tanto al oficial que éste mismo, tan pronto bajó el volumen de competidores haciendo el chequeo, llevó a Jack personalmente, en contraflujo, unos 15 km para darme esa prenda obligatoria.

¡Listo, a competir!

Hora de partida. A todas estas no he logrado recobrar el calor corporal y estoy tiembla que tiembla. Salimos en bici por orden numérico en grupos de 10 competidores y con diferencia de 30 segundos. Veo a uno de los que rodó en el pelotón conmigo ayer. Y como que a la distancia nos saludamos y acordamos, en ese momento y sin mediar palabra, que íbamos a trabajar juntos. 

Finalmente, salimos con un grupo de gente de la que no me recordaba y al rato, el par más rápido se fue adelante, y quedé sólo hasta alcanzar a unos adelante y gradualmente se fue formando un pelotón más grande. Algunas subidas y bajadas, algunos tropiezos sin mayor consecuencia. Posiblemente, más nervios en el pelotón que el día anterior. Yo no me sentía del todo metido en carrera y quería llegar lo antes posible al kayac y salir de una vez por todas a remar y encarar de buena vez lo más incierto.

Y es que era significativa y razonable la incertidumbre. Yo no había remado en aguas blancas más que los dos días del curso de certificación en rápidos y, aunque había mejorado un mundo la técnica de paleada y la eficiencia en el bote, mi entrenamiento no había sido en ríos. Ya el día previo, durante la sección de carrera de montaña y luego de perderme varias veces y pasar trabajo en los cruces de río, me había dado cuenta de lo importante que era la especificidad en esta carrera. 

Llegamos al punto de desmonte. Había que correr casi un kilómetro en tierra y cruzar un puente para dejar la bici y llegar a la zona de transición en el río. Había gente corriendo descalzos o en medias, otros con los zapatos de ruta (afortunadamente yo andaba con los de la montañera), otros que se llevaron los de goma en el maillot y se sentaban en el piso a cambiarse.


La transición fue nuevamente impecable, gracias a mi equipo de apoyo. Comí, me disfracé de kayaquista y salí a remar 67 kilómetros río abajo. Luego me contaría Mayde que, a diferencia de las demás transiciones, yo no andaba con muy buenos ánimos. Creo que, luego del drama con el peto y una etapa de ciclismo no tan fluida, lo que quería era salir a remar de una buena vez. Jack luchó un poco con la cubrebañeras alquilada. Como era nueva, no estaba lo suficientemente estirada y costaba un mundo colocarla.


Mucho tráfico al salir y, debido a la poca lluvia de las últimas semanas, el nivel del río estaba bastante bajo. Como a un par de kilómetros, comienza a haber mayor flujo pero se cierran los espacios para transitar. Se pone otro competidor a mi lado izquierdo y comenzamos a chocar remos. Se nos va acortando el espacio y le grito que reme hacia su izquierda porque íbamos a terminar en las rocas. Grité en vano y en cuestión de segundos, estábamos encallados. Habíamos girado 90 grados. Él tuvo que bajarse de su bote para sacarlo de las rocas y enderezarlo y yo tuve la "suerte" de que otro que venía a plena velocidad chocó con la punta de mi bote conforme yo iba alejándome de las rocas y me puso nuevamente en el curso del río.

Comenzaron los rápidos. Como era de esperarse, muchos competidores se voltearon. Suele pasar en esta carrera que hay personas que reman en botes veloces que no dominan del todo bien y terminan pasando mucho tiempo haciendo autorescates. También pasé gente con botes estables como el mío, pero que de igual forma habían logrado voltearse. Hasta vi un bote boca abajo, alojado en una roca a mitad del río y al respectivo competidor sentado en la orilla con las manos en el casco.

No es coincidencia que "Waimakiriri" se traduce del Maorí como Río de Agua Fría y ¡eso es exactamente lo que és! No era consuelo estar en verano porque, aunque el frío afuera no era excesivo, el calor causaba mayor deshielo y alimentaba así el río y hacía aún más honor a su nombre. Pronto lo comprobaría en piel propia.

Uno de los rápidos me sacudió, me puse totalmente de lado y parecía que ya era inevitable que entrara al agua. Pero tuve la suerte de que, ya de lado y prácticamente bajo el agua, la mano me chocó con el casco y se frenó ahí; como no había soltado la pala, pude aprovechar esa posición para hacer palanca y empujar en sentido contrario y ponerme vertical nuevamente, algo así como un giro esquimal, pero a medias.


(Un video que conseguí de una edición previa. Lo bueno comienza a los 2:00).

Seguí río abajo. Como en la sección de montaña el día anterior, hoy tampoco me iba bien al "leer" e interpretar la ruta.  El Waimakiriri es un río trenzado y las opciones de vía son múltiples. Pensé, ingenuamente, que sería cuestión fácil y sólo me bastaba con aplicar el sentido común. Pero ya montado en bote, no se me hizo nada fácil. Opté por ir detrás de un grupo que, aparentemente, sabía lo que hacía.



Comencé a sentirme más seguro y apresurar el paso. Alcancé a otro grupo y me sentía bien. El color del agua, los acantilados, los paisajes...todo era impresionante, mejor de lo que me había imaginado o visto en videos y fotos.

Decidí que ya era hora de ir en búsqueda de otro grupo y traté de pasar al pelotón acuático con el que iba. Sin embargo, la ruta se me hizo corta y no iba a poder terminar de pasar antes de otra serie de rápidos. Me pareció ver una opción por la derecha, cerca de los acantilados, y la inexperiencia, impaciencia y arrogancia, las pagué caro. Mi opción me sacó del camino y me llevaba directamente hacia los acantilados. No lograba controlar el bote y choqué de lado contra una gran roca y al agua fui a dar. 

En el agua, afortunadamente, pude agarrar el kayac y la pala antes de que se me fueran río abajo. Traté de nadar hacia la orilla del lado izquierdo pero estaba muy lejos y se aproximaba una serie de rápidos más adelante. Así que me fui hacia el lado del acantilado. ¡No había orilla ni piedras sobresalientes! 

Seguía río abajo y rumbo a los rápidos. Como pude, me agarré de un pequeño borde. Me pude salir del agua helada y poner las puntas de los pies sobre una especie de terraza, pero estaba de espaldas y no había espacio para voltearme. No sé cómo hice, pero logré sacarle el agua al bote y montarme.

Pero iba río abajo y de espaldas. La cubrebañeras, como temía, estaba demasiado ajustada. Si al salir a esta etapa, nos había costado un mundo ponerla entre dos personas, no veía como ahora, temblando del frío y con cansancio acumulado, iba a poder lograrlo antes de llegar a los siguientes rápidos. Tal vez, en retrospectiva, dramatice un poco el asunto, pero siento que finalmente encajó y logré dar la primera palada en el mismo instante en el que entré al rápido. Adrenalina a millón.

Era el kilómetro 42, según el Garmin, y todavía faltaba un buen trayecto. El resto de la remada no tuvo mayor novedad. Creo que voltearme me dio un poquito más de confianza, irónicamente. 

Llegué a la zona de transición, feliz de haber terminado esta etapa. Veo al equipo de apoyo en la orilla. Al encallar el bote, un carajo que parecía jugador de Rugby me saca del kayac de un solo jalón, al extremo que me quedan las piernas flotando en el aire.

Mayde corre conmigo hacia la loma donde estaba la bici. Sólo quedan 70 km de ciclismo. Lo único que sé de la ruta del ciclismo es que suele haber bastante brisa en contra y que es relativamente plana.

La primera media hora ando solo. Paso a unos 2 ó 3 ciclistas pero van a un ritmo distinto; hay familias a lo largo de la carretera haciendo parrillas o simplemente animando. Justo cuando me estaba autocongratulando por mantener  un buen paso a pesar de tener el viento en contra, me pasa un ciclista a muy buena velocidad y me grita (traducido al español de Venezuela): "¡Pégate si puedes!"

Así fue. A los minutos, ya cuando estoy estable con el nuevo paso, me le pongo al lado y le digo que es una máquina y que si me le pongo en frente lo voy a frenar, pero que igual lo iba a intentar. Me responde que él está haciendo la carrera en equipo y que yo ya había hecho el trabajo. "Just hold on as long as you can and enjoy the ride!" 

Pasaron 10km, 20 km, 30 km, 40 km y ahí seguía. En la pantorilla el amigo lucía un tatuaje del Ironman de Kona, el campeonato mundial, y al menos tres años distintos tatuados. Por mi lado, lucía mi gran lipa, cero tatuajes ni victorias y más bien luchaba a duras penas por seguir a rueda. A veces pensaba: "Hasta aquí llegué; este pana me va a fundir" pero seguía ahí a unos 6 ó 7 kilómetros por hora más rápido que cuando estaba solo y más o menos con las mismas pulsaciones. 

Comenzamos a atravesar Christchurch. La policía está en los cruces y semáforos asegurándose de darnos paso y parar el tráfico. Sin embargo, nos paran en un semáforo y, cuando arrancamos, pierdo la rueda. Veo a este pana ahí mismo; aprieto pero ya no me queda nada. Dos días de carrera pasan factura y no tengo aceleración. Lo veo cerca, pero no logro cerrar la brecha.

Al rato alcanzo a dos ciclistas más. Trato de organizar para que trabajemos juntos a pesar de ser de la misma categoría, pero se niegan a pasarme o turnarse al frente.  ¿Será que no saben que si los 3 trabajamos juntos llegamos más rápido? Ellos se quedan contentos a mi rueda. 

Vemos los letreros que dicen "Sumner". Ahí está, finalmente, la otra costa, la costa este de Nueva Zelanda. Uno de los chamos se digna a pasar y apretamos el paso. Finalmente, sin saber exactamente a cuánto está la llegada, lo dejo ir. Pero resulta que la llegada está ahí mismo.

Suelto la bici y corro unos metros por la arena. Me reciben Steve Gurney, 9 veces ganador de esta carrera y Robin Judkins, quien organiza esta iconica carrera desde hace 29 años. El narrador dice mi nombre y país. "Venezuela? We've never had anyone from Venezuela before!"





El día anterior salí desde la costa oeste y luego de correr un poco, remar otro tanto y rodar por aquí y por allá, llegué a la costa este de este precioso país. Se acabó esta gran experiencia y deja un inmenso aprendizaje. 


(243 kilómetros después)

Era un sueño cumplido y el fin de una etapa de mi vida. Mayde y yo recorreríamos Nueva Zelanda un mes más. Y, luego, cruzaríamos el charco hacia Australia para echar raíces y es desde Brisbane donde escribo este relato antes de que se me olviden los detalles.

Se pasa esta página, pero el libro queda abierto. Luego de lograr un poco de estabilidad en este nuevo destino decidiremos qué nueva aventura emprender. Por aquí sobran. Sin embargo, el reto más grande ahora poco tiene que ver con los deportes. Nos toca reajustarnos, adaptarnos y posiblemente reinventarnos. Comenzar de nuevo...Otra vez. 



¿Y ahora qué?

Félix

martes, 9 de abril de 2013

Coast to Coast 2013 (primer día)

Han pasado varios meses desde la última entrada; tal vez demasiados. A veces me parece bastante trivial escribir acerca de paseos, carreras y mis supuestamente grandes aventuras cuando a mi alrededor suceden cosas realmente transcendentes y cuando en mi país ocurren cosas impensables.

Pero de la misma forma en la que buscaba espacios de distracción cuando vivía allá, los cuales cada vez se iban recortando, pues seguiré echando algún cuento sin mucha relevancia y con poca seriedad, pero con ánimos de compartir cualquier tontería y dejar algún rastro en esta bitácora virtual.

Hoy escribo desde Australia. Después de cuantioso papeleo, abundante trajín y una excesivamente larga espera, es aquí dónde echaremos raíces.  Nueva Zelanda nos trajo experiencias inolvidables y amistades que resistirán el tiempo y la distancia. Fue un año y medio que dejó un enorme aprendizaje y ha servido como una buena transición que facilita la adaptación ahora en nuestro nuevo destino.

Antes de marcharnos, y desde la última entrada en el blog, pudimos cumplir tres metas en NZ. La primera fue un Medio Ironman oficial que hizo Mayde, en el que bajó 20 minutos su mejor tiempo previo en esa distancia. 



La segunda fue la Coast to Coast; era una carrera con la que tenía años soñando y sobre la cual echo el cuento a continuación. La carrera abarca 243 kilómetros y recorre la Isla Sur de extremo a extremo, desde la costa oeste (Mar de Tasmania) hasta la costa este (Océano Pacífico). La categoría élite compite en lo que sería el campeonato mundial de Multisport y hace el recorrido en un solo día, mientras que los mortales echamos una buena siesta a mitad del asunto para luego seguir al día siguiente. En un día o dos, todos tendríamos que hacer un montón de etapas: 3 km de trote, 55 km de ciclismo de ruta, 33 km de carrera de montaña, 15 km de ciclismo de ruta, 67 km de kayac en rápidos y 70 km de ciclismo de ruta. 


Mi intención original era participar en la carrera de 1 día porque era la que inicialmente había visto.  Además, alguien tendría que llegar de último y yo quería postularme. Pero, finalmente, tuve que tomar la decisión de participar en la de 2 días. La razón principal fue mi poca habilidad en el kayac. Nunca había remado en rápidos y el bote que había comprado me daba estabilidad pero no me iba a permitir, por más destrezas que adquiriera, librar el corte de tiempo en río. 

Finalmente, después de la carrera y como gran despedida de ese increíble país, recorrimos la Isla Sur de Nueva Zelanda durante unos 35 días (fotos aquí) y de ese viaje hay material para una o más entradas adicionales.

Antes de la carrera: 


Salimos de Auckland en la Isla Norte el mismo día que entregábamos el apartamento, mandábamos nuestras pertenencias en barco para Australia y hacíamos nuestro último día de preaviso.  Esa misma tarde, metimos lo que pudimos en el carro y rodamos hasta el primer campamento que conseguimos antes del anochecer. Lo importante, creo yo, era salir de Auckland ese mismo día y comenzar la aventura. En ese momento, no tenía cabeza para pensar en carrera alguna. Sin casa ni trabajo y con la mayoría de nuestro reducido inventario de pertenencias en el carro, nos lanzábamos a la aventura más incierta de nuestras vidas. Como nómadas, nos mudaríamos de país nuevamente al final de todo este cuento. Nunca habíamos estado en una situación tan precaria o probablemente inestable, pero nos sentíamos con ánimos de afrontar prácticamente lo que se nos presentara.

Unos 3 ó 4 días más tarde, llegamos al campamento de la carrera en Kumara. Se respiraba un buen ambiente. Impostores como yo se codeaban con leyendas de las carreras de aventura y atletas reconocidos nacional e internacionalmente. También estaba la gente con la que aprendí a remar y hasta algunos compañeros ocasionales de entrenamiento.

Montamos la carpa entre un argentino que vive en NZ desde hace 20 años y el grupo de Jared, un amigo que inicialmente iba a hacer la carrera en equipo pero su compañero se lesionó entrenando y lo desafío a hacerla en solitario.

Luego llegaron Bridget y Jack, una muy joven pareja que se había ofrecido como equipo de apoyo. Yo trabajaba con él y, aunque éste conocía poco sobre este tipo de carreras, yo sabía que iba a tener un papel fundamental en esta aventura y era alguien en quien podía confiar. Bridget es una corredora a nivel universitario, de las mejores de ese país, cuyo tiempo en los 10 km es casi 10 minutos más rápido que el mío.  Mayde, como siempre a mi lado, sería la pieza clave del team con su experiencia en carreras y por conocer mejor que nadie al loco que iba a participar. Además, como el patrocinante era Speight's, una cervecería local importante, tanto los atletas como su equipo de apoyo tenían acceso ilimitado a sus productos durante el evento. ¡Un buen incentivo! 


Primer día:

Levantamos campamento y me despedí del equipo de apoyo; para ellos también iba a ser un largo día. Nos veríamos nuevamente al inicio de la sección de "trail running". Junto a mi vecino Jared, salí del campamento en bicicleta. A un par de kilómetros del campamento, dejamos las bicis y seguimos a pie hacia la playa Kumara, costa oeste de Nueva Zelanda.

Frente al Mar de Tasmania, el ambiente entre corredores era tranquilo. Creo que el estoicismo es una de las características innatas de los neozelandeses. Nada de estridentes himnos ni delirios de grandeza. Esto no era la UTMB. Sólo éramos algunos personajes con déficit de atención en materia deportiva o trastorno de personalidad múltiple atléticamente hablando con un par de largas jornadas por delante. Sin embargo, había más de 20 nacionalidades distintas. Es más, por primera vez, hasta un venezolano había. ¡Qué responsabilidad!

Nos ubicamos en nuestros respectivos grupos numéricamente y, sin que el organizador dijera mucho, aparte de desearnos buena suerte y pedirnos que nos cuidáramos, se dio la partida.

Con Jared, minutos antes de la salida.

1era etapa: 3km de carrera por asfalto.

La estrategia para mí era sencilla. No fijarme mucho en lo que hicieran los demás y correr a un ritmo no más rápido que el de una media maratón. Si iba a hacer algún esfuerzo grande, éste sería en la bicicleta para alcanzar algún pelotón.

2da etapa: 55km de ciclismo de ruta.

Llegué sin mucho agite a la transición. Gente saliendo por todos lados. Ciclistas pasaban por detrás mientras que corredores se atravesaban en búsqueda de sus bicis. Me cambié de zapatos y salí de ahí lo más rápido que pude para tratar de juntarme con un buen grupo. 

A los pocos minutos formamos un grupo de 5 ciclistas, cada uno tomando turnos de no más de 30 segundos. No mediábamos palabra, pero había un trato tácito y un trabajo por hacer. En menos de 15 minutos alcanzamos a un gran pelotón y ahí nos quedamos. 

Pacientemente esperaba que me llegara mi turno de ir al frente, pero éste nunca llegó. Más bien me quedé sentado a mitad de este gigantesco grupo a un paso un poco más fuerte de lo deseado, preguntándome si tal vez me había ido con un grupo superior a mi capacidad. 

No hay duda que rodar en pelotón tiene sus beneficios. Prácticamente no sentí la subida y, antes de lo esperado, llegaba a la siguiente transición.

3ra etapa: 33km de carrera de montaña.

Apenas llegué a la transición vi a Bridget, quien se llevó mi bicicleta. Jack me agarró por el maillot y me llevó donde estaba Mayde, quien me dio de comer y me ayudó con los zapatos y me colocó el bolso con el material obligatorio. ¡Qué buena transición! Me quería quedar felicitándolos y echando cuentos, pero había mucho camino por recorrer. Luego me contarían que la zona de transición fue un caos, con gente cayéndose a gritos, corredores extraviados y bicicletas e indumentaria regadas por doquier. Ni cuenta me di. 

Comencé tranquilo. Sabía que había entrenado diligentemente la carrera y que estaba corriendo mejor que nunca. Pensaba que tal vez ésta iba a ser mi mejor etapa y calculaba unas 6 horas para este tramo. 

Había varios factores que tomar en cuenta: la ruta es sumamente técnica, no está marcada, hay cruces de río bastante altos (creo que son 23 en total) y hay posibilidades de perderse.  

Los primeros 2 km son por senderos nada técnicos. Veo el primer río, más o menos defino por dónde iba a cruzar y me lanzo al agua. Al pegar los primeros brincos entre piedras y con algo de corriente, me da un fuerte calambre en el isquiotibial. Tremendo inicio, pensaba, estoy acalambrado en medio de un río y con agua hasta la cintura. Medio salí de ahí y estire un poco. Lo más probable es que haya sido el cambio de disciplina o el contacto con el agua fría. Afortunadamente, fue la única vez que tuve que lidiar con calambres. 

Es muy emocionante ir brincando entre piedras y luchando por conseguir la mejor pisada y mantener la velocidad en terreno terriblemente inestable. Sin embargo, es una actividad que a mí me pone anaeróbico en cuestión de segundos. Bajé el paso un poco y comencé a tratar de seguir a los demás participantes. Había de todo. Unos que iban flotando como si el terreno no les afectara y otros que hasta peor que yo se veían. 

Era en los cruces de río en los que perdía más tiempo y me pasaba más gente. Comencé a poner más cuidado en la pisada y enfocarme en la técnica. ¡Iba mejorando poco a poco! Estaba disfrutando un montón y hasta me auto-congratulaba, "ya no me pasa nadie" pensaba; hasta que me di cuenta de que estaba totalmente solo. Resulta que por andar viendo la pisada, seguí por el cauce del río sin ver el cruce. A devolverme, ni modo. 

Una de las estrategias que sí funciono fue llevar poca agua y beber de los ríos con un termo vacío que tenía a la mano. Así que, en vez de probar cuán rápido podía hacer cada cruce, lo tomaba como una oportunidad para hidratarme. 

En una de las secciones llamada "Boulders" por sus enormes rocas, me lancé río arriba tratando de seguir al competidor que tenía adelante. Subíamos, escalábamos y prácticamente gateábamos hasta que miramos hacia un costado y vimos a varios de los competidores que habíamos pasado en secciones previas trotando felizmente por un sendero paralelo. "Another Aucklander, eh?" me dice el pana. "Sort of" le contesto. Nada como saberse la ruta.

Más adelante me encuentro con Rob, quien es el dueño de la tienda donde compré el kayac. Este año decidió competir en equipo y sólo iba a hacer el trote y la última rodada. Me dijo que iba bien y que una vez que llegara a la cima, sólo me faltarían 2 horas. ¿Que?! Yo juraba que lo que faltaba desde ese punto era 10 km de bajada o una hora en el peor de los casos. 

Comencé la subida y se me hizo rápida. La mítica Goat's Pass. La había visto tantas veces en videos y fotos. Hoy la cruzaba. Endorfinas a millón. Faltaba mucha carrera y no estaba yendo tan bien como esperaba en la parte de montaña por falta de técnica, pero estaba feliz.

La bajada no tuvo mucho relevante. Terreno lento y técnico, más cruces de río y más piedras. Me volví a perder. Regresé al cruce y no veía camino obvio. Esperé a otro competidor y me resigné a seguirlo. Veía gente muy golpeada y muchas torceduras de tobillo. Finalmente, llegamos como a una planicie de piedras y de ahí a la meta. Me recibe Steve Gurney, 9 veces campeón de esta carrera. Me da una cerveza y le cuento que a los 2 días de llegar de Venezuela a NZ en octubre de 2011 me lo conseguí en la calle y le dije que quería hacer esta carrera algún día. ¡Pues ese día llegó un par de años antes de lo esperado! La primera jornada terminaba en poco más de siete horas y media. 


El equipo de apoyo me esperaba con cerveza y comida. Del tiro me tomé unas 4 cervezas (2 más de las que suelo aguantar) y estaba tan prendido que me tambaleaba al caminar. Pasé al grupo con el que entrenaba kayac y no sé si me miraban con disgusto, asombro o complicidad. 

Nos fuimos al campamento. Yo estaba contento pero en el fondo sabía que la limitante fue la técnica más que las condiciones físicas. Hice 5:42 en esa etapa, mejor de lo previsto, pero con un leve sabor amargo. Durante los meses de entrenamiento, me enfoqué mucho en mejorar las condiciones y, gracias a cierta consistencia y mejor alimentación, lo logré...pero para esta ruta se requiere especificidad. Tenía que haber entrenado en terreno similar.

Ahora sólo quedaba comer bien y descansar. Apenas estaba a mitad de camino. El día siguiente tendría que hacer, entre otras cosas, el tramo que más respetaba: kayac en aguas bravas.

Continúa.

Félix

domingo, 11 de noviembre de 2012

4 carreras en 3 fines de semana

Primera carrera: Maratón de Auckland. 28 de octubre.

¡Qué rápido pasa el tiempo! Hace apenas un año llegábamos a Nueva Zelanda. El prepararse para comenzar una nueva vida nos dejó sin tiempo para entrenar, pero de todas formas hicimos el maratón en aquella oportunidad. 

Ahora, 12 meses más tarde, corrimos nuevamente. 


Tuvimos una mejor preparación, en definitiva, pero creo que el cambio en líneas generales nos ha ayudado bastante tanto en lo deportivo como en lo personal. Todavía esperamos que se nos den las mejoras en lo profesional, pero eso ya vendrá. Tal como seguir un plan de entrenamiento, hay que mantener la constancia y ponerle gran esfuerzo y al final los frutos se ven.

No sé qué aplaude Batman. ¡A pesar de tanto entrenar, sigo pisando con el talón!
En fin, un día espectacular. Una carrera muy bien organizada y, por nuestra parte, bajamos 11 minutos y 20 minutos nuestros tiempos del año pasado, esta vez como "locales". 

Mayde contenta con su medalla y su marca personal.

Segunda carrera: Waiheke Grazed Knee Off-Road 10K. 4 de noviembre.

Se acercaba nuestro quinto aniversario. No teníamos grandes planes, sólo unas botellitas de vino listas  y un fuerte deseo de no hacer nada que tuviera que ver con deportes. Al fin y al cabo, nos estábamos recuperando todavía del maratón. ¡Cómo pasa factura el asfalto!

A última hora, nos invitaron a ir a la espectacular isla de Waiheke (la cual en enero habíamos bautizado como "Wineheke" por las numerosas botellas de vino que nos bajamos en ese primer viaje). Así que, pensando más en el vino post-carrera que en la prueba en sí, aceptamos participar. Era una oportunidad de viajar nuevamente a un lugar precioso, reconciliarnos con la tierrita y pasar la tarde de viñedo en viñedo.


Nos montamos en el ferry y al rato llegamos a Waiheke. Nos reunimos con la gente de la empresa con la que trabajo actualmente, quienes patrocinaron el evento. 

Al rato, se daba la partida y comenzamos a soltar piernas. Eran dos vueltas de 5km por una ruta fenomenal, llena de subidas y bajadas cortas, algo de barro y vistas espectaculares. En algún momento de la carrera, nos dijimos cosas muy bonitas y hasta besos y abrazos y ojos aguarapaos hubo en plena ruta. Por más que quisiéramos, no podíamos pasar el aniversario sin andar metidos en el monte.

En la segunda vuelta, a Mayde se le olvidó que estábamos en recuperación del maratón y montó su paso. Alcanzamos a varios y en la subida final, teníamos cerca a una corredora que se veía bastante fuerte, quien se percató que estábamos cerca y apretó el paso en la bajada. Sin perderla de vista, Mayde llegó al plano e hizo lo suyo. Venía de entrenar plano/ruta durante 4 meses y ahora le sentaba bien ese tipo de terreno. Faltando menos de 500 metros, será por no haber corrido en tierra durante un tiempo o más bien por vieja costumbre e impelable tradición, Mayde cayó al piso producto de una torcedura de tobillo. Al fin de cuentas, llegó a la meta a menos de un minuto de la ganadora. Por estar vinculada al patrocinante, tuvo que diferir su inesperado premio.


El dolor de tobillo milagrosamente desapareció al salir del primer viñedo. Otro inolvidable aniversario.

¡Celebrando los primeros 5 años!
Tercera carrera: Steelman & Ironmaiden Multisport Festival. 10 de noviembre.

Me había retirado del Ultramaratón de 58km que tenía previsto para esta fecha. Me parecía que, si mi meta a largo plazo era hacer la Speight's Coast to Coast, pues tenía que desde ya enfocarme en ello. Además, Mayde también tenía que concentrarse en su preparación para su medio Ironman a finales de enero.
Primera etapa. No, no está en el lado contrario de la vía.
Mayde rodó la primera etapa, 34 kilómetros de bicicleta de ruta. Entre semana habíamos hecho el recorrido y sabíamos que no iba a ser nada fácil. Muchas subidas en la primera mitad y una segunda parte totalmente plana pero con bastante brisa en contra. Afortunadamente, para el plano se consiguió a un par de ciclistas con ritmo similar e hicieron un buen trabajo en grupo hasta el final de la etapa.


Ahí la esperaba yo con mi Lancha Nueva Esparta. Mi kayac es estable y está hecho para el mar; no es un bote rápido ni de los habituales que se usan en este tipo de pruebas. Lo compré con la Coast to Coast en mente porque siento que voy a necesitar toda la estabilidad posible para poder recorrer y sobrevivir los rápidos de esa carrera en febrero. 

Quería hacer una buena etapa porque he podido entrenar un poco con el bote y me he sentido bien y he mejorado considerablemente. ¡Al fin iba a poder hacer una carrera con el Yellow Submarine! Sin embargo, fue un poco frustrante remar como nunca pero a duras penas alcanzar a tres o cuatro competidores. La diferencia en tipo de kayac era notable; creo que no había más de 5 botes como el mío y el resto eran piraguas mucho más veloces. Como el agua era relativamente tranquila, la estabilidad que me daba mi peñero de plástico no valía medio. El único consuelo fue recortarle 10 minutos a mi compañero de paleo y las 5 ampollas que me quedaron como muestra de que no iba paseando.

Al llegar al final de la etapa, por ningún lado conseguía a mi equipo de apoyo, es decir, a Mayde. Me monté el bote en el hombro y salí corriendo como loco. ¡Resulta que mi querida esposa estaba ayudando y aupando a mi compañero de remadas y compartiendo con su equipo de apoyo y se había olvidado momentáneamente de mí!


Finalmente apareció Mayde al rescate.

El resto de la transición fue fluida y salí con el mencionado pana Aaron a la etapa de montañera (27 km). No sabía qué esperar. No he rodado casi en ruta y mucho menos en montañera. Pensé que mi amigo me iba a dejar botado casi inmediatamente. Lo único en lo que le pudiera sacar algo de ventaja es en el remo, pero en esta oportunidad creo que venía un poco tocado. Avanzamos lado a lado hasta que me detuve porque se me cayó un gel. Aaron se paró también y ahí quedó claro que íbamos a tratar de ir juntos. Pensaba que iba a ser ardua tarea para mí aguantar el paso, especialmente porque no quería llegar reventado al trote.

Montamos un paso constante. La ruta fue bien variada: bosques de pino (parecidos a los de la USB), playa, montaña y granjas. Un par de caídas, una por participante, producto de la arena, pero nada grave. Llegamos a la transición y de ahí salimos a correr juntos. 

Cabe resaltar que este pana me saca aproximadamente 50 minutos en un maratón. Pero, en este día, él había hecho una etapa más que yo (la bici inicial que hizo Mayde) y yo me sentía animado.

Una de las cosas que más me impresiona de este país es que, cuando y donde menos te lo esperas, consigues lugares impresionantemente bellos. Creo que eso hizo la ruta más placentera. Apretamos el paso hasta donde se pudo y, con un tácito pacto de caballeros, llegamos a la meta y marcamos al mismo tiempo. El sistema de chip consistía en un dispositivo que se llevaba tipo anillo y se hundía en cada transición, al igual que en la llegada. 


Un buen entrenamiento para Mayde en cuanto a la bici y como apoyo para la carrera de febrero y un poco de sorpresa por mi parte al sentirme tan bien en una carrera larga y fuerte, sin haber estado entrenando precisamente para ello. El camino hacia la Coast to Coast se ve levemente más claro. 

Cuarta carrera: Cure Kids Walk on the Wild Side 17 km. 11 de noviembre.

Nuevamente la empresa en la que estoy trabajando nos invitó a participar en un evento. La carrera era en beneficio de una fundación que recauda fondos para la investigación en el área de enfermedades infantiles. Mejor causa, imposible.


Tenía las piernas tocadas de ayer, pero pensaba que era importante correr con algo de cansancio residual. Todavía no sé si voy a hacer la C2C en uno o dos días y, en todo caso, debo entrenar para cualquiera de las dos opciones.

Íbamos a recorrer parte del Sendero Hillary, en efecto, los 10 kilómetros más fuertes. Salimos por unas granjas privadas y caminos de vaca con terreno bastante inestable. Hubo un par de cruces de quebradas y subidas que me recordaron a las carreras de aventura. De hecho, en un bosque de estos sin senderos, en el que había que prácticamente escalar y abrir ruta, nos alcanzó una corredora que se veía bien diestra en terrenos técnicos.

Se abrió un poco el camino y Mayde le pudo sacar ventaja. Al pasar por los puestos con voluntarios, nos dábamos cuenta que la gente aplaudía a Mayde muy efusivamente. Los kiwis son panas, bien panas, pero muy poco efusivos. Un poco más adelante, le dicen "First girl!" y un poquito más allá "Leading lady!". Más vale que no. Llegamos al temido Te Henga, los últimos 10 km, un sendero que siempre nos toma aproximadamente 2 horas. Mayde iba corriendo bien, bajando como hace años cuando sólo corríamos en tierra y subiendo como cabra. Terminamos Te Henga en poco menos de 1 hora 20 y de ahí a la llegada.

Mayde fue la primera mujer en cruzar la meta. Obviamente, no era una carrera con las mejores corredoras y la causa benéfica era lo más importante, pero debo admitir que fue emocionante verla correr así.


Este fin de semana que viene tenemos una carrera corta en equipos (Mayde correrá y luego rodará en ruta y yo haré la MTB y el remo) y luego tomaremos una semana de recuperación activa para luego poder dedicarnos de lleno a entrenar para nuestras respectivas pruebas de 2013. 

Fines de semanas intensos. Siento que posiblemente estemos recogiendo los frutos de haber entrenado bien para el maratón y haber pulido varios detallitos, especialmente el tema de la alimentación. 

Lo bailado, nadie lo quita. Lo vivido es lo que más vale. Nadie ha perecido por sobredosis de endorfinas.

Félix