viernes, 6 de septiembre de 2013

Happiness by the Kilometre (Maratón de Brisbane).

A veces cumplir con una meta puede resultar en un anticlímax. Pues, sí, después de tantos años de larga espera, llegamos a Australia. Y, bueno, aquí estamos y, por elección o convicción, aquí nos quedamos. Sin embargo, tal vez expectativas excesivamente altas, una transición que se está tornando demasiado larga o hasta un contexto bastante distinto a aquel en el que solemos desenvolvernos, han hecho que el tan esperado cambio no sea ni remotamente parecido al cambio que tanto teníamos previsto. No es del todo sorpresa que las cosas no salgan como esperamos pero nunca se puede dejar de ser optimista por más ingenuo que parezca serlo en determinada situación

Me recuerda un poco de una canción que se titulaba en inglés algo así como Felicidad en Kilovatios. Sin llegar al grado de pesimismo que abruma esa pieza, ni lamentarse por la situación en la que nosotros mismos nos hemos puesto, estamos comenzando una nueva etapa de nuestras vidas y tengo la certeza que ya pronto dejará de sentirse como una eterna transición. Pero como dice esa canción: "...con las cortinas adecuadas, la pintura adecuada y en el marco adecuado, tal vez esto pudiera realmente funcionar". 

En todo caso, el futuro se lo forja uno mismo y si algo creo que medianamente me ha quedado de las carreras de largo aliento es que de los bajones se aprende y, luego, se logra disfrutar mejor de hasta los más ínfimos logros. Creo que sin algunos declives, los altos no se llegan a valorar tanto. ¿Será que estamos agarrando impulso?

Mayde me dio un sacudón y me dijo que si no íbamos a entrenar para algún evento mientras nos instalábamos, pues que ella iba a hacer el Maratón de Brisbane. Yo ya le había comentado que no quería volver a correr en asfalto por un buen tiempo. Pero ella, la lógica y sensata de este par, optó por ignorarme y comenzó a entrenar y, yo, a regañadientes, pues la seguí. 

De repente, todo comenzó a tener sentido. Corríamos por una nueva ciudad y la conocíamos. Su vegetación, su río, sus puentes. Descubríamos un poquito de su carácter. Es ambiciosa pero al mismo tiempo le da como pena reclamar su lugar ante sus hermanas mayores. Es un pueblo con aspiraciones de ciudad grande y cualidades inmensas, pero conserva su humildad. Se tropieza con su propia historia pero da la sensación de que lo mejor debe de estar por venir.

Así, poco a poco, nos identificamos con ella. Los flamboyanes que tanto extrañábamos de Venezuela (sin dejar de pensar en el dicho/símil oriental de que la mujer es "como el flamboyán, después de que florece, echa vaina".) Su clima tropical. Aves parecidas a las nuestras mas no iguales (como la ibis de acá que nos parecía "descolorida").  La risa de la Kookaburra (¿Será que algún día dejará de infantilmente causarme gracia su nombre?). Nos dimos cuenta de que no se logra apreciar un sitio del todo hasta que se deja de comparar con otros lugares y se valora por sus propios rasgos.

Cada  entrenamiento largo que hicimos constituyó una pequeña aventura, un leve descubrimiento. Y si bien nos salía patear el asfalto, pues en toda oportunidad algún aprendizaje quedó. Al fin de todo esto, resultó ser el mejor entrenamiento que hemos hecho para un maratón. A lo largo de esas 16 semanas de entrenamiento, Mayde llegó a hacer sus mejores tiempos en 5k, 10k y media maratón. Entrenamos fuerte y vaya que iba a ser necesario.

Nos enteramos que muchos corredores locales optan por hacer los maratones de Gold Coast o Sunshine Coast, en fechas cercanas, por ser estos más populares y en rutas menos quebradas. La ruta de éste pasaba por el histórico Story Bridge, al igual que otros dos puentes. ¡Es más, uno de ellos lo cruzaríamos dos veces! 


Salimos juntos, pero sin tener la intención de correr la carrera al mismo ritmo. De los 4 maratones previos que hemos hecho juntos, en 3 de ellos Mayde me ha dejado atrás y estoy comenzando a creer que en el único que he llegado antes que ella, me dejó pasar para no desinflar mi ego.

A los pocos kilómetros miraba cómo Mayde se alejaba. Nos emparejamos al pasar el primer puente y de ahí seguimos juntos. Cuando corro un maratón siempre me enfoco en que nada debe doler durante la primera mitad; me concentro en que la carrera comienza en los 21k y que a partir del kilómetro 30 es que la cosa se pone buena.  En este caso, lo planeado no valió nada.


¡Era el kilómetro 8 y ya tenía los quadriceps fritos! No decía nada porque veía a Mayde muy bien y no quería desanimarla con mis quejas. A pesar de las molestias, el paso se mantenía constante.

Como en el km 17, los competidores de la media maratón nos comienzan a pasar. Fue un buen ejercicio de autocontrol no aumentar el paso con ellos. Pasamos a pocos metros de la meta, pero justo ahí comenzaba la segunda vuelta para nosotros mientras que ellos terminaban.

Al cruzar el tercer puente, Mayde me dice que las piernas no le dan. ¡Y yo que tenía desde hace rato ganas de comenzar a quejarme! Conversamos un poco pero el paso seguía inexplicablemente igual. Yo juraba que en algún momento ella se iba a ir adelante o simplemente yo me iba a comenzar a quedar. ¡Luego, me confesaría que ella también estaba pensando lo mismo de mí!

Del km 25 hasta el km 35, bajamos el paso unos 5 a 10 segundos por kilómetro, nada grave en vista de las circunstancias. Al cruzar el puente final, oía a Mayde quejarse en la bajada. Ambos teníamos los quadriceps como bloques. Llegamos al retorno y prácticamente quedaba una recta de 3 kms, una subida de casi mil metros de largo y una vuelta de 1200 metros por el jardín botánico hasta la meta.





La adrenalina fluyó, las endorfinas se alborotaron y dejamos el resto. A pesar de todo el cansancio y la quejadera de ambos, fueron nuestros kilómetros más rápidos (o menos lentos) de toda la carrera. Mayde saca su bandera de Venezuela y nos acercamos a un arco desinflado, literalmente. A pesar de todo ello, no hubo anticlimax. Fue un gran momento para ambos. Algo que siempre recordaremos y valoraremos.


Cruzamos la meta juntos, sin así planificarlo y sin ninguno poder haber ido un paso más rápido que el otro. Me vino a la mente la cita de Greg Lemond que dice que "No se hace más fácil, sino simplemente vas más rápido". Nuevamente, por más ultramaratones que haya corrido, le debo mis respetos a la cruel distancia del maratón y al inclemente asfalto. Al fin de cuentas, fue una meta cumplida, nuestros mejores tiempos en la distancia y nuestro pequeño tributo a la ciudad que por los momentos nos esforzamos por llamar nuestro hogar. 


La carrera para nosotros sigue y ahora es una de adaptación, crecimiento y continuo aprendizaje. Afortunadamente, tenemos lo más importante: felicidad y muchos más kilómetros por recorrer juntos.

Félix

P.D. Una versión "light" de Happiness by the Kilowatt.


So this is continuous happiness?
You know, I always imagined it something more
With the right drapes, the right paint, the right frames, 
This could really work
What a great day to spend indoors

So wake, wake up, wake, wake up

Where has all the day gone? 
And why are my lungs aching when I breathe?
Is there something wrong with the heat? Why am I so cold?
    My heart feels sick, and it hurts when I speak

So wake, wake up, wake, wake up

Was this what we hoped for?
Was this what we hoped for?

martes, 2 de julio de 2013

Coast to Coast 2013 (segundo día)


Voy a retomar este cuento antes de que se me olviden los detalles. ¡Ya no son quince primaveras, sino 40! Y, esta carrera era la forma de celebrar esas cuatro décadas o, por lo menos, ésa era la excusa. Además era una forma muy especial de despedirme de Nueva Zelanda, un sitio que rápidamente se sintió como nuestro hogar y que jamás olvidaré.

Nos dirigíamos al campamento base, luego de un primer día (3k carrera, 55k bici, 33k montaña) lleno de sorpresas, las cuales incluyen haber ido mejor de lo esperado en la bici y haber sufrido un poco más de lo previsto en la etapa de montaña. El balance, no obstante, es totalmente positivo ya que esto para mí tenía un significado más allá de lo deportivo. 

Jack, el amigo que me hacía de apoyo, y yo fuimos donde nos esperaba Ferg (pues, nada más que Ian Ferguson) y su esposa, a quienes les había alquilado un kayac idéntico al mío para la carrera.  Como comentaba en el cuento anterior, mi kayac y su indumentaria había ya salido en container hacia  Australia, a donde nos mudaríamos un mes después.

Conversamos un poco; qué honor que un 5 veces medallista olímpico (4 de oro) le diera consejos a un novatón que posiblemente iba a pasar una buena parte del recorrido bajo el agua y no sobre el bote. Revisamos el material y me dijo que escogiera un casco. La esposa, no sé si era por mi cara de asustado o por las veinte mil preguntas que yo le hice a Ferg, me dijo: "Todo va a salir bien; elegiste el casco de nuestro hijo". Bonito gesto. 

En fin, regresamos con las chicas, cenamos y aparté todo lo que necesitaría para la mañana siguiente. Repasamos la rutina, tanto la del equipo de apoyo como la mía. Las etapas en este segundo día serían 15 km de ciclismo de ruta, 67 km de kayac y 70 km otra vez en la bici.  La logística era la siguiente: el equipo de apoyo levantaba campamento (salvo por mi carpa y saco de dormir) y se iba a las 5 am a  hacer el chequeo de los kayacs y agarrar un puesto cerca del río donde sería la transición kayac-bici.

La noche pasó sin novedades, salvo por los repetidos ataques de los kea, la cotorra alpina endémica de Nueva Zelanda. Todo aquello que quedó fuera de la carpa fue objeto de abuso de estos loros que llegan a medir medio metro y pesar hasta un kilo. 



Su nombre es una cuestión onomatopéyica. Pues, así es su canto. Sin embargo, los locales dicen que más bien suena como "caos" y, aunque es una preciosa ave en vuelo y a la vista, esa noche hizo lo suyo. La mañana siguiente había prendas de competidores rasgadas, indumentaria desaparecida y basura regada por todos lados. 

Despertamos y cada quien fue directo a lo suyo. Jack, Bridget y Mayde se trasladaron a la zona de transición del kayac para hacer la revisión obligatoria de material. Yo me uniformé y me metí de vuelta a la carpa. La carrera saldría en unas 3 horas así que desayuné bien y me acosté a dormir otra vez. Estaba realmente feliz; no podía creer que se estaba cumpliendo un sueño y todo estaba marchando tan bien. No obstante, trataba de no sentirme demasiado satisfecho y confiado porque apenas estaba a mitad de camino y lo más incierto estaba por venir.

Al rato me dio algo de frío y pensé en qué más podía ponerme encima. Ya se habían llevado todo menos la bici. Dentro de la carpa, tenía el sleeping y vestía el uniforme...tal vez me pongo el peto de la carrera. El peto tiene el número del competidor por delante y por detrás y obviamente la publicidad de Speight's, la cerveza que patrocina esta carrera. También indica si vas en equipo o eres individual y si estás participando en la carrera de un día o la de dós. Tal vez no abrigue mucho, pero es una capa más. Además, es material obligatorio.

"¡Keas de mierda!" fue lo primero que me vino a la cabeza. No aparecía. Busqué por todos lados. ¿Y ahora? Paré a unos 3 ó 4 carros que iban saliendo del campamento base. Les pedí que ubicaran a mi equipo de apoyo. No tenía cómo comunicarme con ellos. No había recepción telefónica y, una vez en el río, no podían salir porque hay una sola vía de tránsito hacia donde yo estaba. 

Me fui directo al sitio de salida de este segundo día de competencia. Hablé con el encargado de esa área y me dijo que no podía salir así porque el peto, como dije antes, era material obligatorio. Luego, confirmó por radio, y me dijo que podía hacer la etapa de bici pero si no aparecía el peto, con plena certeza no iba poder entrar al agua. 

Di vueltas y vueltas, pasé frío caminando como loco de un lado a otro. Hasta que finalmente, resignado, me dispuse a recoger la carpa. Ya sólo faltaban 30 minutos para la salida. Iba a salir así, ni modo. 

No he sacado la primera estaca de la carpa cuando llega un carro a la distancia, a toda velocidad y levantando polvo por todos lados. Conforme se acerca veo que es un carro de la organización y ¡viene directamente hacia mí! 

Se baja Jack, posiblemente con la misma cara de estresado que yo. Al momento, compaginados, soltamos la carcajada y nos abrazamos. Resulta que llegaron de primeros al río para el escrutinio de material. Allá estaban con el oficial de carrera: "Casco aprobado por la autoridad náutica..." (sí), "kayac" (sí), "cubrebañeras" (sí)", "primeros auxilios" (sí), "ropa térmica" (sí)... "¿Peto?"..."¿Qué carajo hace el peto aquí?". Al darse cuenta, incomunicados conmigo e imposibilitados de moverse por las circunstancias que indiqué antes, terminaron el escrutinio obligatorio y deben de haber fastidiado tanto al oficial que éste mismo, tan pronto bajó el volumen de competidores haciendo el chequeo, llevó a Jack personalmente, en contraflujo, unos 15 km para darme esa prenda obligatoria.

¡Listo, a competir!

Hora de partida. A todas estas no he logrado recobrar el calor corporal y estoy tiembla que tiembla. Salimos en bici por orden numérico en grupos de 10 competidores y con diferencia de 30 segundos. Veo a uno de los que rodó en el pelotón conmigo ayer. Y como que a la distancia nos saludamos y acordamos, en ese momento y sin mediar palabra, que íbamos a trabajar juntos. 

Finalmente, salimos con un grupo de gente de la que no me recordaba y al rato, el par más rápido se fue adelante, y quedé sólo hasta alcanzar a unos adelante y gradualmente se fue formando un pelotón más grande. Algunas subidas y bajadas, algunos tropiezos sin mayor consecuencia. Posiblemente, más nervios en el pelotón que el día anterior. Yo no me sentía del todo metido en carrera y quería llegar lo antes posible al kayac y salir de una vez por todas a remar y encarar de buena vez lo más incierto.

Y es que era significativa y razonable la incertidumbre. Yo no había remado en aguas blancas más que los dos días del curso de certificación en rápidos y, aunque había mejorado un mundo la técnica de paleada y la eficiencia en el bote, mi entrenamiento no había sido en ríos. Ya el día previo, durante la sección de carrera de montaña y luego de perderme varias veces y pasar trabajo en los cruces de río, me había dado cuenta de lo importante que era la especificidad en esta carrera. 

Llegamos al punto de desmonte. Había que correr casi un kilómetro en tierra y cruzar un puente para dejar la bici y llegar a la zona de transición en el río. Había gente corriendo descalzos o en medias, otros con los zapatos de ruta (afortunadamente yo andaba con los de la montañera), otros que se llevaron los de goma en el maillot y se sentaban en el piso a cambiarse.


La transición fue nuevamente impecable, gracias a mi equipo de apoyo. Comí, me disfracé de kayaquista y salí a remar 67 kilómetros río abajo. Luego me contaría Mayde que, a diferencia de las demás transiciones, yo no andaba con muy buenos ánimos. Creo que, luego del drama con el peto y una etapa de ciclismo no tan fluida, lo que quería era salir a remar de una buena vez. Jack luchó un poco con la cubrebañeras alquilada. Como era nueva, no estaba lo suficientemente estirada y costaba un mundo colocarla.


Mucho tráfico al salir y, debido a la poca lluvia de las últimas semanas, el nivel del río estaba bastante bajo. Como a un par de kilómetros, comienza a haber mayor flujo pero se cierran los espacios para transitar. Se pone otro competidor a mi lado izquierdo y comenzamos a chocar remos. Se nos va acortando el espacio y le grito que reme hacia su izquierda porque íbamos a terminar en las rocas. Grité en vano y en cuestión de segundos, estábamos encallados. Habíamos girado 90 grados. Él tuvo que bajarse de su bote para sacarlo de las rocas y enderezarlo y yo tuve la "suerte" de que otro que venía a plena velocidad chocó con la punta de mi bote conforme yo iba alejándome de las rocas y me puso nuevamente en el curso del río.

Comenzaron los rápidos. Como era de esperarse, muchos competidores se voltearon. Suele pasar en esta carrera que hay personas que reman en botes veloces que no dominan del todo bien y terminan pasando mucho tiempo haciendo autorescates. También pasé gente con botes estables como el mío, pero que de igual forma habían logrado voltearse. Hasta vi un bote boca abajo, alojado en una roca a mitad del río y al respectivo competidor sentado en la orilla con las manos en el casco.

No es coincidencia que "Waimakiriri" se traduce del Maorí como Río de Agua Fría y ¡eso es exactamente lo que és! No era consuelo estar en verano porque, aunque el frío afuera no era excesivo, el calor causaba mayor deshielo y alimentaba así el río y hacía aún más honor a su nombre. Pronto lo comprobaría en piel propia.

Uno de los rápidos me sacudió, me puse totalmente de lado y parecía que ya era inevitable que entrara al agua. Pero tuve la suerte de que, ya de lado y prácticamente bajo el agua, la mano me chocó con el casco y se frenó ahí; como no había soltado la pala, pude aprovechar esa posición para hacer palanca y empujar en sentido contrario y ponerme vertical nuevamente, algo así como un giro esquimal, pero a medias.


(Un video que conseguí de una edición previa. Lo bueno comienza a los 2:00).

Seguí río abajo. Como en la sección de montaña el día anterior, hoy tampoco me iba bien al "leer" e interpretar la ruta.  El Waimakiriri es un río trenzado y las opciones de vía son múltiples. Pensé, ingenuamente, que sería cuestión fácil y sólo me bastaba con aplicar el sentido común. Pero ya montado en bote, no se me hizo nada fácil. Opté por ir detrás de un grupo que, aparentemente, sabía lo que hacía.



Comencé a sentirme más seguro y apresurar el paso. Alcancé a otro grupo y me sentía bien. El color del agua, los acantilados, los paisajes...todo era impresionante, mejor de lo que me había imaginado o visto en videos y fotos.

Decidí que ya era hora de ir en búsqueda de otro grupo y traté de pasar al pelotón acuático con el que iba. Sin embargo, la ruta se me hizo corta y no iba a poder terminar de pasar antes de otra serie de rápidos. Me pareció ver una opción por la derecha, cerca de los acantilados, y la inexperiencia, impaciencia y arrogancia, las pagué caro. Mi opción me sacó del camino y me llevaba directamente hacia los acantilados. No lograba controlar el bote y choqué de lado contra una gran roca y al agua fui a dar. 

En el agua, afortunadamente, pude agarrar el kayac y la pala antes de que se me fueran río abajo. Traté de nadar hacia la orilla del lado izquierdo pero estaba muy lejos y se aproximaba una serie de rápidos más adelante. Así que me fui hacia el lado del acantilado. ¡No había orilla ni piedras sobresalientes! 

Seguía río abajo y rumbo a los rápidos. Como pude, me agarré de un pequeño borde. Me pude salir del agua helada y poner las puntas de los pies sobre una especie de terraza, pero estaba de espaldas y no había espacio para voltearme. No sé cómo hice, pero logré sacarle el agua al bote y montarme.

Pero iba río abajo y de espaldas. La cubrebañeras, como temía, estaba demasiado ajustada. Si al salir a esta etapa, nos había costado un mundo ponerla entre dos personas, no veía como ahora, temblando del frío y con cansancio acumulado, iba a poder lograrlo antes de llegar a los siguientes rápidos. Tal vez, en retrospectiva, dramatice un poco el asunto, pero siento que finalmente encajó y logré dar la primera palada en el mismo instante en el que entré al rápido. Adrenalina a millón.

Era el kilómetro 42, según el Garmin, y todavía faltaba un buen trayecto. El resto de la remada no tuvo mayor novedad. Creo que voltearme me dio un poquito más de confianza, irónicamente. 

Llegué a la zona de transición, feliz de haber terminado esta etapa. Veo al equipo de apoyo en la orilla. Al encallar el bote, un carajo que parecía jugador de Rugby me saca del kayac de un solo jalón, al extremo que me quedan las piernas flotando en el aire.

Mayde corre conmigo hacia la loma donde estaba la bici. Sólo quedan 70 km de ciclismo. Lo único que sé de la ruta del ciclismo es que suele haber bastante brisa en contra y que es relativamente plana.

La primera media hora ando solo. Paso a unos 2 ó 3 ciclistas pero van a un ritmo distinto; hay familias a lo largo de la carretera haciendo parrillas o simplemente animando. Justo cuando me estaba autocongratulando por mantener  un buen paso a pesar de tener el viento en contra, me pasa un ciclista a muy buena velocidad y me grita (traducido al español de Venezuela): "¡Pégate si puedes!"

Así fue. A los minutos, ya cuando estoy estable con el nuevo paso, me le pongo al lado y le digo que es una máquina y que si me le pongo en frente lo voy a frenar, pero que igual lo iba a intentar. Me responde que él está haciendo la carrera en equipo y que yo ya había hecho el trabajo. "Just hold on as long as you can and enjoy the ride!" 

Pasaron 10km, 20 km, 30 km, 40 km y ahí seguía. En la pantorilla el amigo lucía un tatuaje del Ironman de Kona, el campeonato mundial, y al menos tres años distintos tatuados. Por mi lado, lucía mi gran lipa, cero tatuajes ni victorias y más bien luchaba a duras penas por seguir a rueda. A veces pensaba: "Hasta aquí llegué; este pana me va a fundir" pero seguía ahí a unos 6 ó 7 kilómetros por hora más rápido que cuando estaba solo y más o menos con las mismas pulsaciones. 

Comenzamos a atravesar Christchurch. La policía está en los cruces y semáforos asegurándose de darnos paso y parar el tráfico. Sin embargo, nos paran en un semáforo y, cuando arrancamos, pierdo la rueda. Veo a este pana ahí mismo; aprieto pero ya no me queda nada. Dos días de carrera pasan factura y no tengo aceleración. Lo veo cerca, pero no logro cerrar la brecha.

Al rato alcanzo a dos ciclistas más. Trato de organizar para que trabajemos juntos a pesar de ser de la misma categoría, pero se niegan a pasarme o turnarse al frente.  ¿Será que no saben que si los 3 trabajamos juntos llegamos más rápido? Ellos se quedan contentos a mi rueda. 

Vemos los letreros que dicen "Sumner". Ahí está, finalmente, la otra costa, la costa este de Nueva Zelanda. Uno de los chamos se digna a pasar y apretamos el paso. Finalmente, sin saber exactamente a cuánto está la llegada, lo dejo ir. Pero resulta que la llegada está ahí mismo.

Suelto la bici y corro unos metros por la arena. Me reciben Steve Gurney, 9 veces ganador de esta carrera y Robin Judkins, quien organiza esta iconica carrera desde hace 29 años. El narrador dice mi nombre y país. "Venezuela? We've never had anyone from Venezuela before!"





El día anterior salí desde la costa oeste y luego de correr un poco, remar otro tanto y rodar por aquí y por allá, llegué a la costa este de este precioso país. Se acabó esta gran experiencia y deja un inmenso aprendizaje. 


(243 kilómetros después)

Era un sueño cumplido y el fin de una etapa de mi vida. Mayde y yo recorreríamos Nueva Zelanda un mes más. Y, luego, cruzaríamos el charco hacia Australia para echar raíces y es desde Brisbane donde escribo este relato antes de que se me olviden los detalles.

Se pasa esta página, pero el libro queda abierto. Luego de lograr un poco de estabilidad en este nuevo destino decidiremos qué nueva aventura emprender. Por aquí sobran. Sin embargo, el reto más grande ahora poco tiene que ver con los deportes. Nos toca reajustarnos, adaptarnos y posiblemente reinventarnos. Comenzar de nuevo...Otra vez. 



¿Y ahora qué?

Félix

martes, 9 de abril de 2013

Coast to Coast 2013 (primer día)

Han pasado varios meses desde la última entrada; tal vez demasiados. A veces me parece bastante trivial escribir acerca de paseos, carreras y mis supuestamente grandes aventuras cuando a mi alrededor suceden cosas realmente transcendentes y cuando en mi país ocurren cosas impensables.

Pero de la misma forma en la que buscaba espacios de distracción cuando vivía allá, los cuales cada vez se iban recortando, pues seguiré echando algún cuento sin mucha relevancia y con poca seriedad, pero con ánimos de compartir cualquier tontería y dejar algún rastro en esta bitácora virtual.

Hoy escribo desde Australia. Después de cuantioso papeleo, abundante trajín y una excesivamente larga espera, es aquí dónde echaremos raíces.  Nueva Zelanda nos trajo experiencias inolvidables y amistades que resistirán el tiempo y la distancia. Fue un año y medio que dejó un enorme aprendizaje y ha servido como una buena transición que facilita la adaptación ahora en nuestro nuevo destino.

Antes de marcharnos, y desde la última entrada en el blog, pudimos cumplir tres metas en NZ. La primera fue un Medio Ironman oficial que hizo Mayde, en el que bajó 20 minutos su mejor tiempo previo en esa distancia. 



La segunda fue la Coast to Coast; era una carrera con la que tenía años soñando y sobre la cual echo el cuento a continuación. La carrera abarca 243 kilómetros y recorre la Isla Sur de extremo a extremo, desde la costa oeste (Mar de Tasmania) hasta la costa este (Océano Pacífico). La categoría élite compite en lo que sería el campeonato mundial de Multisport y hace el recorrido en un solo día, mientras que los mortales echamos una buena siesta a mitad del asunto para luego seguir al día siguiente. En un día o dos, todos tendríamos que hacer un montón de etapas: 3 km de trote, 55 km de ciclismo de ruta, 33 km de carrera de montaña, 15 km de ciclismo de ruta, 67 km de kayac en rápidos y 70 km de ciclismo de ruta. 


Mi intención original era participar en la carrera de 1 día porque era la que inicialmente había visto.  Además, alguien tendría que llegar de último y yo quería postularme. Pero, finalmente, tuve que tomar la decisión de participar en la de 2 días. La razón principal fue mi poca habilidad en el kayac. Nunca había remado en rápidos y el bote que había comprado me daba estabilidad pero no me iba a permitir, por más destrezas que adquiriera, librar el corte de tiempo en río. 

Finalmente, después de la carrera y como gran despedida de ese increíble país, recorrimos la Isla Sur de Nueva Zelanda durante unos 35 días (fotos aquí) y de ese viaje hay material para una o más entradas adicionales.

Antes de la carrera: 


Salimos de Auckland en la Isla Norte el mismo día que entregábamos el apartamento, mandábamos nuestras pertenencias en barco para Australia y hacíamos nuestro último día de preaviso.  Esa misma tarde, metimos lo que pudimos en el carro y rodamos hasta el primer campamento que conseguimos antes del anochecer. Lo importante, creo yo, era salir de Auckland ese mismo día y comenzar la aventura. En ese momento, no tenía cabeza para pensar en carrera alguna. Sin casa ni trabajo y con la mayoría de nuestro reducido inventario de pertenencias en el carro, nos lanzábamos a la aventura más incierta de nuestras vidas. Como nómadas, nos mudaríamos de país nuevamente al final de todo este cuento. Nunca habíamos estado en una situación tan precaria o probablemente inestable, pero nos sentíamos con ánimos de afrontar prácticamente lo que se nos presentara.

Unos 3 ó 4 días más tarde, llegamos al campamento de la carrera en Kumara. Se respiraba un buen ambiente. Impostores como yo se codeaban con leyendas de las carreras de aventura y atletas reconocidos nacional e internacionalmente. También estaba la gente con la que aprendí a remar y hasta algunos compañeros ocasionales de entrenamiento.

Montamos la carpa entre un argentino que vive en NZ desde hace 20 años y el grupo de Jared, un amigo que inicialmente iba a hacer la carrera en equipo pero su compañero se lesionó entrenando y lo desafío a hacerla en solitario.

Luego llegaron Bridget y Jack, una muy joven pareja que se había ofrecido como equipo de apoyo. Yo trabajaba con él y, aunque éste conocía poco sobre este tipo de carreras, yo sabía que iba a tener un papel fundamental en esta aventura y era alguien en quien podía confiar. Bridget es una corredora a nivel universitario, de las mejores de ese país, cuyo tiempo en los 10 km es casi 10 minutos más rápido que el mío.  Mayde, como siempre a mi lado, sería la pieza clave del team con su experiencia en carreras y por conocer mejor que nadie al loco que iba a participar. Además, como el patrocinante era Speight's, una cervecería local importante, tanto los atletas como su equipo de apoyo tenían acceso ilimitado a sus productos durante el evento. ¡Un buen incentivo! 


Primer día:

Levantamos campamento y me despedí del equipo de apoyo; para ellos también iba a ser un largo día. Nos veríamos nuevamente al inicio de la sección de "trail running". Junto a mi vecino Jared, salí del campamento en bicicleta. A un par de kilómetros del campamento, dejamos las bicis y seguimos a pie hacia la playa Kumara, costa oeste de Nueva Zelanda.

Frente al Mar de Tasmania, el ambiente entre corredores era tranquilo. Creo que el estoicismo es una de las características innatas de los neozelandeses. Nada de estridentes himnos ni delirios de grandeza. Esto no era la UTMB. Sólo éramos algunos personajes con déficit de atención en materia deportiva o trastorno de personalidad múltiple atléticamente hablando con un par de largas jornadas por delante. Sin embargo, había más de 20 nacionalidades distintas. Es más, por primera vez, hasta un venezolano había. ¡Qué responsabilidad!

Nos ubicamos en nuestros respectivos grupos numéricamente y, sin que el organizador dijera mucho, aparte de desearnos buena suerte y pedirnos que nos cuidáramos, se dio la partida.

Con Jared, minutos antes de la salida.

1era etapa: 3km de carrera por asfalto.

La estrategia para mí era sencilla. No fijarme mucho en lo que hicieran los demás y correr a un ritmo no más rápido que el de una media maratón. Si iba a hacer algún esfuerzo grande, éste sería en la bicicleta para alcanzar algún pelotón.

2da etapa: 55km de ciclismo de ruta.

Llegué sin mucho agite a la transición. Gente saliendo por todos lados. Ciclistas pasaban por detrás mientras que corredores se atravesaban en búsqueda de sus bicis. Me cambié de zapatos y salí de ahí lo más rápido que pude para tratar de juntarme con un buen grupo. 

A los pocos minutos formamos un grupo de 5 ciclistas, cada uno tomando turnos de no más de 30 segundos. No mediábamos palabra, pero había un trato tácito y un trabajo por hacer. En menos de 15 minutos alcanzamos a un gran pelotón y ahí nos quedamos. 

Pacientemente esperaba que me llegara mi turno de ir al frente, pero éste nunca llegó. Más bien me quedé sentado a mitad de este gigantesco grupo a un paso un poco más fuerte de lo deseado, preguntándome si tal vez me había ido con un grupo superior a mi capacidad. 

No hay duda que rodar en pelotón tiene sus beneficios. Prácticamente no sentí la subida y, antes de lo esperado, llegaba a la siguiente transición.

3ra etapa: 33km de carrera de montaña.

Apenas llegué a la transición vi a Bridget, quien se llevó mi bicicleta. Jack me agarró por el maillot y me llevó donde estaba Mayde, quien me dio de comer y me ayudó con los zapatos y me colocó el bolso con el material obligatorio. ¡Qué buena transición! Me quería quedar felicitándolos y echando cuentos, pero había mucho camino por recorrer. Luego me contarían que la zona de transición fue un caos, con gente cayéndose a gritos, corredores extraviados y bicicletas e indumentaria regadas por doquier. Ni cuenta me di. 

Comencé tranquilo. Sabía que había entrenado diligentemente la carrera y que estaba corriendo mejor que nunca. Pensaba que tal vez ésta iba a ser mi mejor etapa y calculaba unas 6 horas para este tramo. 

Había varios factores que tomar en cuenta: la ruta es sumamente técnica, no está marcada, hay cruces de río bastante altos (creo que son 23 en total) y hay posibilidades de perderse.  

Los primeros 2 km son por senderos nada técnicos. Veo el primer río, más o menos defino por dónde iba a cruzar y me lanzo al agua. Al pegar los primeros brincos entre piedras y con algo de corriente, me da un fuerte calambre en el isquiotibial. Tremendo inicio, pensaba, estoy acalambrado en medio de un río y con agua hasta la cintura. Medio salí de ahí y estire un poco. Lo más probable es que haya sido el cambio de disciplina o el contacto con el agua fría. Afortunadamente, fue la única vez que tuve que lidiar con calambres. 

Es muy emocionante ir brincando entre piedras y luchando por conseguir la mejor pisada y mantener la velocidad en terreno terriblemente inestable. Sin embargo, es una actividad que a mí me pone anaeróbico en cuestión de segundos. Bajé el paso un poco y comencé a tratar de seguir a los demás participantes. Había de todo. Unos que iban flotando como si el terreno no les afectara y otros que hasta peor que yo se veían. 

Era en los cruces de río en los que perdía más tiempo y me pasaba más gente. Comencé a poner más cuidado en la pisada y enfocarme en la técnica. ¡Iba mejorando poco a poco! Estaba disfrutando un montón y hasta me auto-congratulaba, "ya no me pasa nadie" pensaba; hasta que me di cuenta de que estaba totalmente solo. Resulta que por andar viendo la pisada, seguí por el cauce del río sin ver el cruce. A devolverme, ni modo. 

Una de las estrategias que sí funciono fue llevar poca agua y beber de los ríos con un termo vacío que tenía a la mano. Así que, en vez de probar cuán rápido podía hacer cada cruce, lo tomaba como una oportunidad para hidratarme. 

En una de las secciones llamada "Boulders" por sus enormes rocas, me lancé río arriba tratando de seguir al competidor que tenía adelante. Subíamos, escalábamos y prácticamente gateábamos hasta que miramos hacia un costado y vimos a varios de los competidores que habíamos pasado en secciones previas trotando felizmente por un sendero paralelo. "Another Aucklander, eh?" me dice el pana. "Sort of" le contesto. Nada como saberse la ruta.

Más adelante me encuentro con Rob, quien es el dueño de la tienda donde compré el kayac. Este año decidió competir en equipo y sólo iba a hacer el trote y la última rodada. Me dijo que iba bien y que una vez que llegara a la cima, sólo me faltarían 2 horas. ¿Que?! Yo juraba que lo que faltaba desde ese punto era 10 km de bajada o una hora en el peor de los casos. 

Comencé la subida y se me hizo rápida. La mítica Goat's Pass. La había visto tantas veces en videos y fotos. Hoy la cruzaba. Endorfinas a millón. Faltaba mucha carrera y no estaba yendo tan bien como esperaba en la parte de montaña por falta de técnica, pero estaba feliz.

La bajada no tuvo mucho relevante. Terreno lento y técnico, más cruces de río y más piedras. Me volví a perder. Regresé al cruce y no veía camino obvio. Esperé a otro competidor y me resigné a seguirlo. Veía gente muy golpeada y muchas torceduras de tobillo. Finalmente, llegamos como a una planicie de piedras y de ahí a la meta. Me recibe Steve Gurney, 9 veces campeón de esta carrera. Me da una cerveza y le cuento que a los 2 días de llegar de Venezuela a NZ en octubre de 2011 me lo conseguí en la calle y le dije que quería hacer esta carrera algún día. ¡Pues ese día llegó un par de años antes de lo esperado! La primera jornada terminaba en poco más de siete horas y media. 


El equipo de apoyo me esperaba con cerveza y comida. Del tiro me tomé unas 4 cervezas (2 más de las que suelo aguantar) y estaba tan prendido que me tambaleaba al caminar. Pasé al grupo con el que entrenaba kayac y no sé si me miraban con disgusto, asombro o complicidad. 

Nos fuimos al campamento. Yo estaba contento pero en el fondo sabía que la limitante fue la técnica más que las condiciones físicas. Hice 5:42 en esa etapa, mejor de lo previsto, pero con un leve sabor amargo. Durante los meses de entrenamiento, me enfoqué mucho en mejorar las condiciones y, gracias a cierta consistencia y mejor alimentación, lo logré...pero para esta ruta se requiere especificidad. Tenía que haber entrenado en terreno similar.

Ahora sólo quedaba comer bien y descansar. Apenas estaba a mitad de camino. El día siguiente tendría que hacer, entre otras cosas, el tramo que más respetaba: kayac en aguas bravas.

Continúa.

Félix

domingo, 11 de noviembre de 2012

4 carreras en 3 fines de semana

Primera carrera: Maratón de Auckland. 28 de octubre.

¡Qué rápido pasa el tiempo! Hace apenas un año llegábamos a Nueva Zelanda. El prepararse para comenzar una nueva vida nos dejó sin tiempo para entrenar, pero de todas formas hicimos el maratón en aquella oportunidad. 

Ahora, 12 meses más tarde, corrimos nuevamente. 


Tuvimos una mejor preparación, en definitiva, pero creo que el cambio en líneas generales nos ha ayudado bastante tanto en lo deportivo como en lo personal. Todavía esperamos que se nos den las mejoras en lo profesional, pero eso ya vendrá. Tal como seguir un plan de entrenamiento, hay que mantener la constancia y ponerle gran esfuerzo y al final los frutos se ven.

No sé qué aplaude Batman. ¡A pesar de tanto entrenar, sigo pisando con el talón!
En fin, un día espectacular. Una carrera muy bien organizada y, por nuestra parte, bajamos 11 minutos y 20 minutos nuestros tiempos del año pasado, esta vez como "locales". 

Mayde contenta con su medalla y su marca personal.

Segunda carrera: Waiheke Grazed Knee Off-Road 10K. 4 de noviembre.

Se acercaba nuestro quinto aniversario. No teníamos grandes planes, sólo unas botellitas de vino listas  y un fuerte deseo de no hacer nada que tuviera que ver con deportes. Al fin y al cabo, nos estábamos recuperando todavía del maratón. ¡Cómo pasa factura el asfalto!

A última hora, nos invitaron a ir a la espectacular isla de Waiheke (la cual en enero habíamos bautizado como "Wineheke" por las numerosas botellas de vino que nos bajamos en ese primer viaje). Así que, pensando más en el vino post-carrera que en la prueba en sí, aceptamos participar. Era una oportunidad de viajar nuevamente a un lugar precioso, reconciliarnos con la tierrita y pasar la tarde de viñedo en viñedo.


Nos montamos en el ferry y al rato llegamos a Waiheke. Nos reunimos con la gente de la empresa con la que trabajo actualmente, quienes patrocinaron el evento. 

Al rato, se daba la partida y comenzamos a soltar piernas. Eran dos vueltas de 5km por una ruta fenomenal, llena de subidas y bajadas cortas, algo de barro y vistas espectaculares. En algún momento de la carrera, nos dijimos cosas muy bonitas y hasta besos y abrazos y ojos aguarapaos hubo en plena ruta. Por más que quisiéramos, no podíamos pasar el aniversario sin andar metidos en el monte.

En la segunda vuelta, a Mayde se le olvidó que estábamos en recuperación del maratón y montó su paso. Alcanzamos a varios y en la subida final, teníamos cerca a una corredora que se veía bastante fuerte, quien se percató que estábamos cerca y apretó el paso en la bajada. Sin perderla de vista, Mayde llegó al plano e hizo lo suyo. Venía de entrenar plano/ruta durante 4 meses y ahora le sentaba bien ese tipo de terreno. Faltando menos de 500 metros, será por no haber corrido en tierra durante un tiempo o más bien por vieja costumbre e impelable tradición, Mayde cayó al piso producto de una torcedura de tobillo. Al fin de cuentas, llegó a la meta a menos de un minuto de la ganadora. Por estar vinculada al patrocinante, tuvo que diferir su inesperado premio.


El dolor de tobillo milagrosamente desapareció al salir del primer viñedo. Otro inolvidable aniversario.

¡Celebrando los primeros 5 años!
Tercera carrera: Steelman & Ironmaiden Multisport Festival. 10 de noviembre.

Me había retirado del Ultramaratón de 58km que tenía previsto para esta fecha. Me parecía que, si mi meta a largo plazo era hacer la Speight's Coast to Coast, pues tenía que desde ya enfocarme en ello. Además, Mayde también tenía que concentrarse en su preparación para su medio Ironman a finales de enero.
Primera etapa. No, no está en el lado contrario de la vía.
Mayde rodó la primera etapa, 34 kilómetros de bicicleta de ruta. Entre semana habíamos hecho el recorrido y sabíamos que no iba a ser nada fácil. Muchas subidas en la primera mitad y una segunda parte totalmente plana pero con bastante brisa en contra. Afortunadamente, para el plano se consiguió a un par de ciclistas con ritmo similar e hicieron un buen trabajo en grupo hasta el final de la etapa.


Ahí la esperaba yo con mi Lancha Nueva Esparta. Mi kayac es estable y está hecho para el mar; no es un bote rápido ni de los habituales que se usan en este tipo de pruebas. Lo compré con la Coast to Coast en mente porque siento que voy a necesitar toda la estabilidad posible para poder recorrer y sobrevivir los rápidos de esa carrera en febrero. 

Quería hacer una buena etapa porque he podido entrenar un poco con el bote y me he sentido bien y he mejorado considerablemente. ¡Al fin iba a poder hacer una carrera con el Yellow Submarine! Sin embargo, fue un poco frustrante remar como nunca pero a duras penas alcanzar a tres o cuatro competidores. La diferencia en tipo de kayac era notable; creo que no había más de 5 botes como el mío y el resto eran piraguas mucho más veloces. Como el agua era relativamente tranquila, la estabilidad que me daba mi peñero de plástico no valía medio. El único consuelo fue recortarle 10 minutos a mi compañero de paleo y las 5 ampollas que me quedaron como muestra de que no iba paseando.

Al llegar al final de la etapa, por ningún lado conseguía a mi equipo de apoyo, es decir, a Mayde. Me monté el bote en el hombro y salí corriendo como loco. ¡Resulta que mi querida esposa estaba ayudando y aupando a mi compañero de remadas y compartiendo con su equipo de apoyo y se había olvidado momentáneamente de mí!


Finalmente apareció Mayde al rescate.

El resto de la transición fue fluida y salí con el mencionado pana Aaron a la etapa de montañera (27 km). No sabía qué esperar. No he rodado casi en ruta y mucho menos en montañera. Pensé que mi amigo me iba a dejar botado casi inmediatamente. Lo único en lo que le pudiera sacar algo de ventaja es en el remo, pero en esta oportunidad creo que venía un poco tocado. Avanzamos lado a lado hasta que me detuve porque se me cayó un gel. Aaron se paró también y ahí quedó claro que íbamos a tratar de ir juntos. Pensaba que iba a ser ardua tarea para mí aguantar el paso, especialmente porque no quería llegar reventado al trote.

Montamos un paso constante. La ruta fue bien variada: bosques de pino (parecidos a los de la USB), playa, montaña y granjas. Un par de caídas, una por participante, producto de la arena, pero nada grave. Llegamos a la transición y de ahí salimos a correr juntos. 

Cabe resaltar que este pana me saca aproximadamente 50 minutos en un maratón. Pero, en este día, él había hecho una etapa más que yo (la bici inicial que hizo Mayde) y yo me sentía animado.

Una de las cosas que más me impresiona de este país es que, cuando y donde menos te lo esperas, consigues lugares impresionantemente bellos. Creo que eso hizo la ruta más placentera. Apretamos el paso hasta donde se pudo y, con un tácito pacto de caballeros, llegamos a la meta y marcamos al mismo tiempo. El sistema de chip consistía en un dispositivo que se llevaba tipo anillo y se hundía en cada transición, al igual que en la llegada. 


Un buen entrenamiento para Mayde en cuanto a la bici y como apoyo para la carrera de febrero y un poco de sorpresa por mi parte al sentirme tan bien en una carrera larga y fuerte, sin haber estado entrenando precisamente para ello. El camino hacia la Coast to Coast se ve levemente más claro. 

Cuarta carrera: Cure Kids Walk on the Wild Side 17 km. 11 de noviembre.

Nuevamente la empresa en la que estoy trabajando nos invitó a participar en un evento. La carrera era en beneficio de una fundación que recauda fondos para la investigación en el área de enfermedades infantiles. Mejor causa, imposible.


Tenía las piernas tocadas de ayer, pero pensaba que era importante correr con algo de cansancio residual. Todavía no sé si voy a hacer la C2C en uno o dos días y, en todo caso, debo entrenar para cualquiera de las dos opciones.

Íbamos a recorrer parte del Sendero Hillary, en efecto, los 10 kilómetros más fuertes. Salimos por unas granjas privadas y caminos de vaca con terreno bastante inestable. Hubo un par de cruces de quebradas y subidas que me recordaron a las carreras de aventura. De hecho, en un bosque de estos sin senderos, en el que había que prácticamente escalar y abrir ruta, nos alcanzó una corredora que se veía bien diestra en terrenos técnicos.

Se abrió un poco el camino y Mayde le pudo sacar ventaja. Al pasar por los puestos con voluntarios, nos dábamos cuenta que la gente aplaudía a Mayde muy efusivamente. Los kiwis son panas, bien panas, pero muy poco efusivos. Un poco más adelante, le dicen "First girl!" y un poquito más allá "Leading lady!". Más vale que no. Llegamos al temido Te Henga, los últimos 10 km, un sendero que siempre nos toma aproximadamente 2 horas. Mayde iba corriendo bien, bajando como hace años cuando sólo corríamos en tierra y subiendo como cabra. Terminamos Te Henga en poco menos de 1 hora 20 y de ahí a la llegada.

Mayde fue la primera mujer en cruzar la meta. Obviamente, no era una carrera con las mejores corredoras y la causa benéfica era lo más importante, pero debo admitir que fue emocionante verla correr así.


Este fin de semana que viene tenemos una carrera corta en equipos (Mayde correrá y luego rodará en ruta y yo haré la MTB y el remo) y luego tomaremos una semana de recuperación activa para luego poder dedicarnos de lleno a entrenar para nuestras respectivas pruebas de 2013. 

Fines de semanas intensos. Siento que posiblemente estemos recogiendo los frutos de haber entrenado bien para el maratón y haber pulido varios detallitos, especialmente el tema de la alimentación. 

Lo bailado, nadie lo quita. Lo vivido es lo que más vale. Nadie ha perecido por sobredosis de endorfinas.

Félix

lunes, 8 de octubre de 2012

Cuatro estaciones y algunos otros clichés

Dicen que, antes de decidir mudarse definitivamente a un país distinto al propio, uno debe pasar en ese posible destino por lo menos las cuatro estaciones y luego volver a 'casa' un tiempo, regresar al sitio y finalmente tomar la decisión.

Ya se cumple un año desde que nos trasladamos a este pequeño rincón del planeta. ¡Qué rápido pasan esas cuatro estaciones! Todavía estamos un tanto lejos de poder decir que tenemos una vida netamente estable, pero quizás vamos en camino hacia nuestras metas iniciales.

Sin ánimos de ofender, debo admitir algo que posiblemente suene inoportuno. He sido nómada desde temprana edad. Tal vez, por haber vivido ya en unos cuantos países, a veces pienso que la nacionalidad puede ser algo así como un hecho meramente geográfico, cosa que no es idea mía ni invento propio (desconozco al autor). No niego que como seres humanos, sociales en fin, tenemos necesidad de identificarnos con algo y con alguien. Posiblemente suene indiferente, pero no lo es. Me duele lo que pasa en Venezuela y no por coincidencia es donde he vivido la mayor parte de mi vida.

Por otro lado, también pienso que uno tiende a idealizar los lugares y las personas. Uno siempre piensa que el ayer fue mejor o que no había nada como aquel lugar. Egoísta tal vez, pero para mí, la 'casa' es al lado de mi pareja y nuestro plan de vida. Cada día lo veo más así.  No dejo de extrañar a la familia, a los amigos y a los lugares; todo ello forma parte de mi persona. Y a esa gente y a esos sitios los amo profundamente.

Pero siento que hay que trazarse su propio camino y hay que buscarse la vida que uno mismo desea para sí o la situación que más se le parezca. Yo estoy muy lejos de estar en las condiciones que quisiera, pero posiblemente esté un par de pasos más cerca que hace un año. He aprendido que tampoco puedo desgastarme en buscar concretar un determinado plan o perseguir ciegamente un destino porque es simplemente demasiado lo que acontece en interím. Lo decía Lennon en alguna canción, parafraseo: "La vida es aquello que pasa mientras nos dedicamos a planificar".

Pasaron cuatro estaciones, viajé a esos lugares y aquí me encuentro otra vez. Durante ese viaje, que no trajo más que agradables e inolvidables experiencias junto a gran parte de los nuestros, nos cayó una noticia inesperada o, mejor dicho, tan dilatada que había sido prácticamente olvidada. Es ahora muy probable que ni siquiera nos quedemos acá. Posiblemente sigamos dando vueltas por ahí; tal vez tengan que pasar otras cuatro estaciones más antes de echar raíces, pero estaremos juntos y, por absurdo y cursi que pudiera sonar, estaremos en 'casa'.

Félix

domingo, 9 de septiembre de 2012

Piedras de río sonoro

Si piedras trajo el río es porque lleva rato sonando.

No son pocos los años que tengo pensando en que me gustaría participar en la carrera de 'multisport' más importante del mundo: la Speight's Coast to Coast. He visto los vídeos, leído algunos libros y hablado con la gente que corresponde. Así que de tanto hablar, darle vueltas y visualizar, ya el asunto es más palpable que nunca.

Con Steve Gurney, 9 veces ganador de la Coast to Coast. Foto tomada recién llegado a NZ; hoy en día tengo un par de kilos menos en gran parte porque ya no llevo ese gran copete.
Transformar una idea o meta en realidad, no toma más que comenzar a trabajar en torno a ella y ser consecuente. Hay que dar los primeros pasos, sean estos conversar sobre el plan con los demás, indagar sobre el rumbo a seguir o encarar el asunto sin mucho titubeo. 

Creo que mi afición por asumir algunos retos deportivos sin ser un buen atleta siempre ha sido bastante ingenua, por no decir ilógica. Me acuerdo de aquel día en que por primera vez vi el Eco-Challenge por la tele y me dije que me era imposible hacer algo similar, pero que algún día lo intentaría. No he participado en nada precisamente de esa magnitud todavía, pero la idea me sigue llamando la atención y por estos lares hay varias pruebas de ese estilo.

En algún momento quise hacer un triatlón y, sin prepararme debidamente, hice un Ironman criollo en la Isla de Margarita...muy, pero muy, lentamente. La lección fue dura, pero después de unas quince horas y media y luego de que llegaran los otros 20 finishers, crucé la meta de último, con apariencia de cadáver pero más vivo que nunca. 

Así también pasó con el Mont Blanc. Mayde y yo conversamos sobre el tema; pensamos que lo más probable es que no pudiéramos hacer algo de ese estilo, pero luego de dos años y un montón de aprendizajes y aventuras, cruzamos la meta de la UTMB en Chamonix, aunque la carrera fue recortada debido al mal tiempo.

Hoy, tengo el reto de hacer una mítica carrera en Nueva Zelanda. De hecho, me sale aprender un deporte nuevo, prácticamente de cero. Igual que antes, veo muy difícil que la pueda terminar, pero ese miedo, esa duda y esa incertidumbre hacen que me llame aún más la atención. 

Sin mucho tiempo para digerir la decisión, me encontré con kayac nuevo y navegando rápidos. Este fin de semana pasado, tomé un curso de certificación en ríos de grado 2 y me sometí a la respectiva evaluación el último día. Fueron 3 jornadas en el agua, varias zambullidas tanto voluntarias como involuntarias y otro montón de aprendizaje.


El sitio fue el río Mohaka, muy cerca de Taupo, al centro de la Isla Norte y donde se celebra el Ironman de este país. El lugar me trajo muchos recuerdos de mi hermosa Mérida, aunque se encuentra a una altitud mucho menor.


El primer día en el agua nos enfocamos en repasar todo lo que habíamos visto en la primera fase del curso. Es decir, aquello que hicimos en las playas de Auckland y las sesiones en piscina. Luego, sin mucho tiempo para pensar, comenzamos a descender rápidos. El instructor nos hablaba sobre las mejores líneas a tomar y dejaba que cada quien resolviera.



Éramos 4 participantes: 3 de ellos en botes de multisport sumamente rápidos pero con el gran costo de la inestabilidad y yo, en mi lancha Nueva Esparta, tremendamente estable pero mucho menos veloz. Al pasar el primer rápido, sentí que mi inversión en el bote fue justificada. Mis tres compañeros se voltearon mientras que yo me quedé en el bote como si nada. Esa escena se repitió unas 15 veces (total de 'nadadas involuntarias' de mis compañeros). Fue increíble ver cómo su confianza y destrezas se iban deteriorando conforme les pegaba el frío y el cansancio. Estoy seguro que tan pronto tengan el dominio de sus respectivos botes me pasarán volando.


El día siguiente hicimos un poco más de recorrido. Los colegas agarraron un poco más de confianza, pero igual nadaron bastante. Ese día yo también me uní. Llegamos a un rápido que denominan algo así como la 'Carnicería', un rápido que según el instructor era posiblemente peor que cualquier cosa que íbamos a ver en la Coast to Coast. Salí de tercero y al entrar en el rápido, cayó el primero. El segundo se paralizó y, obviamente, al agua fue a dar. A mí  se me quedó grabada la idea de que, ante cualquier problema en el río, hay que seguir remando.

Sin embargo, al tratar de no pasarle por encima a los recién volteados, la proa se salió del rápido mientras que la popa seguía en el agua en movimiento y al frío río fui a dar. Lo primero que hay que hacer es agarrar la pala y el bote con la misma mano y levantar los pies. Así hice, pero tan pronto tenía el control del bote, me llegó el compañero que iba de cuarto y también venía volteado. Su bote me golpeó en el casco y se alojó entre mi brazo y mi propio bote. Yo no quería soltar mi kayac, pero el pana no hacía nada por librarse tampoco. Íbamos velozmente río abajo y enredados. No me quedó otra que soltarme y luego tratar de juntar mis macundales. Así llegué a la orilla y pude hacer el autorescate, mucho más humilde que al inicio de la sesión.

En una de las múltiples paradas, el instructor nos dijo que la mayoría de las volteadas se pueden evitar con un movimiento tipo cachetada. Se levantan los codos y se da un bofetón al agua del lado en el que se está cayendo y luego, rápidamente, se hace una fuerte paleada para seguir avanzando y ganar estabilidad.


Yo ya sabía que iba a perder el tercer día por compromisos laborales y, por ello, traté de sacarle provecho a las dos salidas previas a nuestra evaluación. Volví a Auckland esa misma noche. Al día siguiente, salí a correr con Mayde, cumplí con el trabajo pendiente y en la noche ella me acompañó al Mohaka, a unas 5 horas de donde vivimos. No lo habíamos planificado así, pero resultó excelente. Mi compañera de aventuras estaba presente en otra más de las locuras que se nos ocurren. Ella todavía no se siente muy tentada por remar en rápidos.


Llegó el cuarto y último día, el de la evaluación. Practicamos técnicas, distintas paleadas, rescates y descendimos varios rápidos. Nuevamente nos enfrentamos al rápido carnicero y en esta oportunidad dos de nosotros nos quedamos en nuestros respectivos botes y no tuvimos que nadar. Sin embargo, una de las pruebas más interesantes de nuestra evaluación fue sin bote. Tuvimos que caminar por la orilla y lanzarnos por un rápido y practicar las técnicas de nadada. El plan era caminar hacia la mitad de la corriente y luego dejarse llevar río abajo boca arriba y con los pies en alto, salir hacia la orilla izquierda y luego nadar 'agresivamente' boca abajo hacia la orilla derecha. Sólo me falló la primera parte. Dí un par de pasos para ubicarme hacia el centro pero me arrastró el río; pude a duras penas corregir el rumbo, no sin antes sentir un par de piedras golpearme la espalda. El resto del ejercicio salió bien ¡aunque creo que involuntariamente rompí mi regla de no orinar en el wetsuit!


A pesar de la roncha que pasamos los participantes, los cuatro nos 'graduamos'. Ya tenemos el único requisito formal para inscribirnos, el certificado en Aguas Rápidas de 2ndo Grado. Por mi lado, me queda entrenar y bastante. No va a haber muchas oportunidades de remar nuevamente en rápidos así que me quedaré con los abundantes recuerdos de esta salida y el pocotón de aprendizaje.

El río sonó y sin duda trajo piedras. Pronto me estaré inscribiendo en la Coast to Coast.

Félix